Una casa firme 

Cuando pensamos en una persona que Dios usa para transformar generaciones, fácilmente podemos mirar el momento visible de su historia: el ministerio que comenzó, las personas que alcanzó, el mensaje que predicó o la influencia que llegó a tener. Sin embargo, muchas veces aquello que vemos públicamente comenzó mucho antes, en un lugar mucho más sencillo: una casa.

La historia de Juan el Bautista nos ayuda a comprenderlo. Su llamado no comenzó en el desierto, frente a las multitudes que escuchaban su voz. Había comenzado mucho antes, en el hogar que Zacarías y Elisabet habían construido. Ellos establecieron una casa justa e irreprensible, y aquella siembra terminó manifestándose en la vida de Juan, quien fue llamado a preparar el camino del Señor.

Esto nos permite mirar nuestras casas, nuestras familias y también nuestras comunidades de fe desde otra perspectiva. Lo que construimos en los ambientes donde tenemos influencia puede preparar el camino para que otros conozcan a Jesús.

Y para construir una casa firme no alcanza solamente con enseñar. Cuando hablamos de “casa”, no nos referimos únicamente al lugar físico donde vivimos, sino a un ambiente donde las personas pueden ser recibidas, crecer, ser formadas y descubrir cómo participar del propósito de Dios. Una casa saludable no retiene a las personas para sí misma; las prepara para que puedan avanzar en aquello que Dios quiere hacer a través de sus vidas.

En la historia de Juan podemos ver cómo ese proceso se fue desarrollando desde su propio hogar hasta convertirse en una comunidad de discípulos que preparaba el camino para Jesús. Una casa puede comenzar con una familia, pero puede convertirse en un espacio que forma y envía generaciones.

En la vida de Juan encontramos cinco principios que ayudan a construir esa casa: justicia, entrega, crecimiento, desarrollo y envío.

Una vida que refleja al Padre

El primer principio es la justicia.

No se trata simplemente de cumplir reglas o de aparentar una conducta correcta. La justicia se desarrolla como fruto de una vida de obediencia, en la que el carácter del Padre comienza a hacerse visible en nosotros.

Jesús mismo explicó que no hacía las cosas por iniciativa propia, sino que hacía aquello que veía hacer al Padre. Su vida era una expresión de obediencia.

Esto nos lleva a una pregunta importante: ¿qué estamos mostrando con nuestra manera de vivir?

Porque quienes están a nuestro alrededor no solamente escuchan nuestras enseñanzas. También observan nuestras decisiones, nuestras reacciones, nuestra manera de relacionarnos y la forma en que respondemos frente a las circunstancias.

La obediencia, además, nace del amor. No podemos pretender formar una generación que obedezca a Dios solamente por miedo a las consecuencias. Necesitamos ayudarla a experimentar primero el amor del Padre, porque la obediencia verdadera es una respuesta a ese amor.

Una casa firme comienza entonces con personas que deciden vivir de manera que el carácter de Dios pueda ser visto.

Entregarnos sin reservas

El segundo principio es la entrega.

Entregarnos significa estar dispuestos a amar incondicionalmente, incluso cuando no conocemos las consecuencias de aquello que hacemos.

Hay una escena cotidiana que puede ayudarnos a pensarlo. Imaginemos que estamos detenidos en un semáforo y alguien se acerca para pedirnos dinero o vendernos algo. Antes de pensar en la necesidad de esa persona, muchas veces nuestra mente comienza a evaluar si realmente merece nuestra ayuda, qué hará con aquello que le demos o si nuestra entrega será utilizada correctamente.

Pero la pregunta profunda no es solamente qué vamos a entregar. La pregunta es cuál es la disposición de nuestro corazón.

Los discípulos de Jesús tampoco tenían siempre recursos materiales para entregar. Sin embargo, cuando encontraron a alguien necesitado, Pedro pudo decir:

“No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda”.
Hechos 3:6

La entrega no depende de tener mucho. Depende de estar dispuestos a poner en manos de otros aquello que Dios ya puso en las nuestras.

Esto también implica comprender que lo que Dios depositó en nosotros no fue pensado exclusivamente para nuestro beneficio. El tiempo, los dones, los recursos, las experiencias y aun los procesos que atravesamos pueden convertirse en herramientas para edificar la vida de otros.

Por eso, entregarnos por una generación significa estar dispuestos a dar nuestro tiempo, nuestros intereses y aquello que consideramos importante cuando entendemos que estamos colaborando con el propósito de Dios para otros.

Crecer significa que Jesús crezca en otros

El tercer principio es el crecimiento.

Pero no se trata simplemente de que una persona adquiera más conocimientos, responsabilidades o capacidades. El crecimiento que necesitamos buscar es que Jesús y su propósito aumenten en la vida de aquellos que caminan junto a nosotros.

Esto requiere paciencia.

Acompañar el crecimiento de otra persona puede ser mucho más lento de lo que quisiéramos. Puede haber procesos, errores, retrocesos y momentos en los que parezca que nada está sucediendo.

Sin embargo, Jesús le dijo a Pedro: “Apacienta mis ovejas”. Y apacentar implica también aprender el camino de la paciencia.

Esto aplica a todos los que tenemos personas a nuestro alrededor que están creciendo: padres con sus hijos, líderes con quienes discipulan, pastores con sus congregaciones y cualquier persona que esté acompañando a otra en su caminar con Dios.

No podemos acelerar artificialmente aquello que necesita tiempo.

Nuestra responsabilidad es crear el ambiente, acompañar, enseñar, amar y permanecer disponibles mientras Dios produce crecimiento.

Vaciar lo que recibimos

El cuarto principio es el desarrollo.

Aquí aparece una imagen especialmente significativa: podemos pensar nuestra vida como un vaso lleno que, cuando se derrama sobre otros, necesita volver a la fuente para ser llenado nuevamente.

Desarrollar a otros implica abrir nuestro corazón y permitirles acceder a aquello que Dios ya depositó en nosotros. También significa estar dispuestos a compartir nuestra vulnerabilidad para crecer juntos.

Pero hay algo fundamental: después de vaciarnos necesitamos volver a Dios para llenarnos otra vez.

Él es la fuente inagotable de gracia, amor y justicia.

El problema aparece cuando queremos recibir constantemente sin dar.

Podemos convertirnos en personas que llegan a la congregación, escuchan, reciben, aprenden y acumulan, pero nunca permiten que aquello que recibieron alcance a alguien más. El material utiliza una expresión fuerte para describir esta condición: “obesos espirituales”.

Fuimos llamados a mucho más que saciar nuestra propia sed.

Jesús dijo:

“¡Todo el que tenga sed puede venir a mí! ¡Todo el que crea en mí puede venir y beber! [...] De su corazón, brotarán ríos de agua viva”.
Juan 7:37-38

El agua que recibimos está destinada también a convertirse en un río que alcanza a otros.

El desafío de soltar

Envío; Enviar significa comprender el valor de aquello que tenemos en nuestras manos y, al mismo tiempo, tener la humildad necesaria para soltarlo.

Esto puede ser particularmente difícil cuando hemos invertido mucho en una persona. Después de acompañarla, enseñarle, verla crecer y descubrir su potencial, podemos sentir el deseo de retenerla porque sabemos cuánto puede aportar si permanece cerca.

Pero una casa firme no forma personas para sí misma. Forma personas para el propósito de Dios.

Pablo experimentó esto con Onésimo. Había invertido en él y podría haber querido retenerlo para que continuara sirviéndole. Sin embargo, decidió enviarlo de regreso como un hombre libre.

Enviar implica reconocer que somos administradores, no propietarios, de aquello que Dios puso en nuestras manos.

Pedro lo expresa de esta manera:

“Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios”.
1 Pedro 4:10

Cuando entendemos esto, enviar deja de sentirse como una pérdida y comienza a convertirse en parte del propósito.

Una casa que se convierte en compañía de profetas

Juan el Bautista es quizás uno de los ejemplos más claros de este proceso.

Juan no se quedó como la única voz. A orillas del Jordán había discípulos junto a él. Había comenzado a formarse una compañía de profetas.

Y el trabajo de Juan había sido tan efectivo que sus propios discípulos pudieron reconocer a Jesús y seguirlo.

Un día, mientras estaba con dos de ellos, Juan vio pasar a Jesús y declaró:

“¡Miren! ¡Ahí está el Cordero de Dios!”

Cuando los dos discípulos lo escucharon, siguieron a Jesús. Ese momento revela algo hermoso sobre el verdadero liderazgo.

Juan no necesitaba que sus discípulos permanecieran para siempre siguiéndolo a él. Su propósito era prepararles el camino para que pudieran encontrarse con Jesús.

Cuando alguien que formamos deja de seguirnos para seguir más profundamente a Cristo, no hemos fracasado. Hemos cumplido nuestra tarea.

Cada vez que enviamos a alguien de nuestra familia, de nuestro grupo de discipulado o de nuestra congregación para avanzar en los deseos del corazón de Jesús, estamos construyendo una verdadera compañía de voces que preparan el camino.

¿Qué estamos construyendo en nuestra casa?

Quizás la pregunta que necesitamos hacernos no sea solamente qué estamos haciendo nosotros para Dios, sino qué estamos formando en las personas que están a nuestro alrededor.

¿Nuestra vida enseña obediencia? ¿Nuestro amor les muestra cómo entregarse? ¿Tenemos paciencia para acompañar su crecimiento? ¿Estamos dispuestos a compartir lo que Dios depositó en nosotros?

Y, cuando llega el momento, ¿tenemos la humildad para soltarlos y enviarlos?

Una casa firme no es una casa perfecta. Es una casa donde hay personas que están aprendiendo a vivir en obediencia, a amar sin reservas, a crecer, a derramarse sobre otros y a ser enviados.

Así fue como Juan llegó a ser una voz que clamaba en el desierto, pero no terminó siendo solamente una voz. Levantó otras voces. Ese puede ser también nuestro desafío.

Que nuestras familias, grupos de discipulado y congregaciones sean lugares donde los quebrantados sean amados, donde los necesitados sean recibidos, donde las personas puedan ser procesadas y entrenadas, y donde finalmente puedan ser enviadas hacia el propósito eterno de Dios.

Porque quizás el impacto que estamos esperando ver en nuestra ciudad o en nuestra nación no comienza en una multitud. Puede comenzar en nuestra casa.

Basado en el libro: "Viviendo en su casa" - Lucas Conslie