Permanecer en el primer amor

Hay algo que puede sucederle a cualquiera que lleva tiempo caminando con Dios: podemos seguir haciendo cosas para Él y, al mismo tiempo, dejar de disfrutar estar con Él.

Podemos continuar sirviendo, congregándonos, trabajando, predicando, orando y participando de distintas actividades, pero nuestro corazón puede comenzar a perder aquella sensibilidad que alguna vez tuvimos frente a Su presencia.

La iglesia de Éfeso es un ejemplo de esto. Jesús reconoció sus obras, su arduo trabajo, su perseverancia y su capacidad para discernir el error. No era una iglesia pasiva. Sin embargo, había algo que Jesús tenía contra ella: había dejado su primer amor.

Y esta advertencia sigue siendo profundamente relevante para nosotros.

Porque perder el primer amor no necesariamente significa dejar de hacer cosas para Dios. A veces significa algo mucho más sutil: seguir haciendo cosas para Él mientras dejamos de disfrutar estar con Él.

La buena noticia es que Jesús no solamente señala el problema. También muestra el camino de regreso: “Recuerda, arrepiéntete y vuelve a las primeras obras”.

Cuando trabajar para Dios nos hace alejarnos de Dios

En Apocalipsis 2, Jesús le dice a la iglesia de Éfeso:

“Yo conozco tus obras y tu arduo trabajo y paciencia... Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor.”
Apocalipsis 2:2-4

Hay algo llamativo en estas palabras. Jesús distingue entre las obras y el arduo trabajo. Las obras son aquello que Dios nos pidió hacer. El arduo trabajo, en cambio, puede convertirse en todo aquello que hacemos por nuestra propia cuenta y con nuestras propias fuerzas.

Y aquí aparece una pregunta que vale la pena hacernos: ¿Cuánto de lo que estoy haciendo para Dios realmente nació de Él y cuánto estoy intentando sostenerlo yo?

Podemos llenarnos de actividades que nunca nos fueron pedidas. Podemos asumir responsabilidades, perseguir resultados y ocuparnos en tantas cosas que, poco a poco, perdemos aquello que debería ser el centro: nuestra relación con Dios.

El problema no es trabajar. El problema aparece cuando el trabajo reemplaza la relación. Cuando estamos tan ocupados haciendo cosas para Él que dejamos de estar con Él.

¿Cómo sabemos que estamos perdiendo el primer amor?

La pérdida del primer amor no siempre ocurre de un día para otro. Muchas veces comienza con pequeñas señales que dejamos pasar.

Uno de los primeros síntomas es perder la sensibilidad a la presencia de Dios. Dejamos de disfrutarla y comenzamos incluso a analizarla desde afuera. Podemos estar presentes en una reunión, en un tiempo de adoración o de oración, pero nuestro corazón ya no responde de la misma manera. El deseo de permanecer en Su presencia comienza a ser reemplazado por la rutina.

Otro síntoma es la pérdida de compasión por los demás. Cuando perdemos sensibilidad hacia Dios, también comenzamos a perder sensibilidad hacia las personas. Dejamos de ver sus necesidades y empezamos a poner excusas para no involucrarnos.

La historia del buen samaritano nos ayuda a verlo. Mientras algunos estaban demasiado ocupados con sus propias actividades para detenerse frente a una persona herida, el samaritano pudo verla, acercarse y actuar con compasión.

El primer amor nos permite volver a mirar a las personas con los ojos de Dios.

También puede aparecer la ausencia de convicción de pecado. Comenzamos a preguntarnos si determinadas actitudes realmente están mal o si aquello que hacemos realmente desagrada a Dios. Cuando perdemos conexión con Él, nuestro corazón deja de percibir aquello que Su corazón percibe.

Otro síntoma es la pérdida de pasión por nuestra familia y por aquello que Dios nos ha dado. Todo comienza a convertirse en una rutina pesada. Las relaciones pierden profundidad, la comunicación disminuye y aquello que alguna vez disfrutábamos comienza a sentirse como una carga.

Esto revela algo importante: permanecer en el primer amor no solamente transforma nuestra relación con Dios. También afecta la manera en que disfrutamos y cuidamos todo lo que Él puso a nuestro alrededor.

El problema no siempre es que nos fuimos

Podemos estar en la casa del Padre y, aun así, haber dejado de disfrutar al Padre.

Podemos estar cerca, pero distraídos. Podemos estar involucrados en actividades, pero desconectados de la relación. Podemos saber que Dios está presente y, sin embargo, haber perdido el deseo de estar con Él.

Es como un hijo que está en la misma casa que su padre, pero prefiere estar entretenido con otras cosas antes que conversar con él. Y quizás esto describe mejor nuestra situación de lo que queremos reconocer. No necesariamente nos fuimos de la casa. Simplemente dejamos de disfrutar estar en los brazos del Padre.

Por eso, permanecer en el primer amor no significa convertirnos en personas “súperespirituales”. Significa recuperar algo mucho más sencillo y profundo: el deseo de estar con Él.

Despertarnos y querer hablar con Dios antes que revisar el teléfono. Ir a dormir con el deseo de escuchar Su voz. Volver a disfrutar Su presencia. Volver a mirarlo. Volver a estar enamorados de Él.

¿Cómo volvemos al primer amor?

Jesús es muy claro con la iglesia de Éfeso:

“Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras.”
Apocalipsis 2:5

Hay tres movimientos en esta instrucción: recordar, arrepentirse y volver a las primeras obras.

Recordar de dónde hemos caído.

Recordar cómo era nuestra relación con Dios.

Recordar aquello que disfrutábamos y que quizás dejamos de hacer.

El arrepentimiento no consiste solamente en sentir tristeza o llorar. Es un cambio de mentalidad que produce también un cambio de dirección.

Si reconocemos que nos hemos distraído, volvemos.

Si reconocemos que hemos perdido sensibilidad, volvemos.

Si descubrimos que estamos haciendo cosas que Dios nunca nos pidió, volvemos.

No se trata simplemente de agregar nuevas actividades a nuestra agenda. Se trata de recuperar aquello que alimentaba nuestra relación con Dios.

Quizás necesitamos volver a buscar Su presencia.

Volver a orar.

Volver a escuchar Su voz.

Volver a adorar sin preocuparnos por quién está mirando.

Volver a disfrutar de Jesús.

Hay una imagen que puede ayudarnos a entender qué significa volver a disfrutar de la presencia de Dios.

Imagina a un niño pequeño esperando que su papá vuelva a casa después de un largo día de trabajo. Pasaron muchas horas desde la última vez que lo vio y, apenas escucha que la puerta se abre, corre a recibirlo. No se detiene a pensar cómo está vestido su papá, si está cansado, si hay otras personas alrededor o si alguien lo está mirando. Tampoco necesita que alguien le explique cómo debería reaccionar.

Simplemente corre hacia él porque lo ama y porque quería volver a verlo.

Hay algo de esa sencillez que podemos perder en nuestra relación con Dios. Con el tiempo, podemos acostumbrarnos tanto a estar en Su presencia que dejamos de disfrutarla. Podemos saber cómo orar, cómo adorar, qué decir y qué hacer, pero perder el deseo genuino de simplemente estar con Él.

El primer amor tiene algo de esa espontaneidad. No se trata solamente de hacer las cosas correctamente, sino de desear estar con la persona que amamos.

Quizás volver al primer amor también significa recuperar esa sencillez: volver a correr hacia el Padre, no por obligación, no para cumplir una rutina espiritual, sino porque extrañamos estar con Él.

Volver a estar donde Dios está

Hay una frase que resume muy bien este camino de regreso: “arrepiéntete y vuelve”.

Volver no significa simplemente hacer más. A veces significa detenernos y reconocer que algunas cosas fueron ocupando el lugar que solamente le corresponde a Dios. También implica entregar nuestros miedos y ansiedades, y volver a encontrar nuestra satisfacción en Él.

Nuestra plenitud no depende de tener todo lo que queremos, sino de reconocer que Cristo es suficiente. No se trata de poseerlo todo, sino de vivir convencidos de que en Él nada nos falta.

Por eso podemos decir: “Si te tengo a Ti, lo tengo todo”.

Cuando nuestra satisfacción está en Cristo, dejamos de buscar desesperadamente aquello que creemos necesitar para sentirnos completos. Y cuando comprendemos que nuestro futuro también está seguro en Él, el miedo deja de gobernarnos.

Volver al primer amor implica entonces poner nuevamente nuestra vida en Sus manos y recuperar la confianza de que estar con Él es nuestro mayor bien.

Un amor que vuelve a encenderse

Perder el primer amor no es una sentencia definitiva. La exhortación de Jesús a la iglesia de Éfeso también es una oportunidad: “Arrepiéntete”.

Todavía podemos reconocer aquello que se enfrió, cambiar de dirección y recuperar una relación viva con Dios.

Porque permanecer en el primer amor no significa vivir constantemente con la misma emoción que tuvimos al principio. Significa cuidar una relación, mantener el corazón sensible y elegir una y otra vez permanecer cerca de Él.

Y cuando esa relación vuelve a ocupar el centro, algo comienza a transformarse también en nuestra manera de vivir. Recuperamos la compasión por las personas, volvemos a disfrutar de nuestra familia, reconocemos con mayor claridad aquello que necesita cambiar en nosotros y vuelve a crecer el hambre por Su presencia.

Por eso, quizás la pregunta que necesitamos hacernos hoy no sea: ¿Cuánto estoy haciendo para Dios?

Sino: ¿Cuánto estoy disfrutando estar con Dios?

Tal vez no necesitamos agregar una nueva actividad a nuestra agenda, al vez necesitamos detenernos, reconocer dónde se enfrió nuestro corazón y volver a poner a Dios en el centro.

Porque el primer amor no se trata solamente de cómo comenzó nuestra historia con Dios. Se trata de permanecer en Él.

Basado em el libro "Cómo permanecer en el primer amor" - Marcos Brunet

Escucha este episodio aquí: https://open.spotify.com/episode/5VMtfW0CrFX8suD9W1ccC0?si=_vzhVYtcTECi5uugS_35pQ