Para que otros crean

Cuando pensamos en “misiones”, probablemente nuestra mente se va rápidamente a otro país, otra cultura o una persona que dejó todo para viajar a una nación lejana. Pensamos en misioneros, viajes, idiomas, pueblos no alcanzados. Pero ¿y si la misión comienza mucho antes de cruzar una frontera?

La Gran Comisión no es una tarea reservada para algunos creyentes que reciben un llamado especial. Jesús la entregó a sus discípulos y, a través de ellos, a toda la Iglesia. No es un programa, una actividad ocasional ni una experiencia para los más espirituales. Es un estilo de vida. Y quizás una de las primeras cosas que necesitamos cambiar es nuestra idea de qué significa “ir”.

La misión comienza cuando salimos de nosotros mismos, no cuando salimos de nuestro país.

Porque el plan de Dios tiene una dirección muy diferente a la que muchas veces queremos darle: de arriba hacia abajo y de adentro hacia afuera.

Un plan que comienza arriba

Muchas veces queremos que Dios se adapte a nuestra manera de hacer las cosas. Queremos empezar desde abajo: nuestras necesidades, nuestros planes, nuestras capacidades, nuestras ideas sobre lo que debería suceder. Queremos subir hasta Dios y pedirle que bendiga aquello que ya decidimos construir.
Porque el plan de Dios tiene una dirección muy diferente a la que muchas veces queremos darle:

La misión de Dios comienza arriba y desciende.

La misión no nace en nosotros. Nace en Él. El Padre envía al Hijo, el Hijo envía al Espíritu y el Espíritu envía a la Iglesia. La misión es, antes que nada, una expresión del propio ser de Dios: un Dios que se entrega, que ama y que reconcilia.

Por eso, cuando Jesús les dijo a sus discípulos “vayan”, primero declaró:

“Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y en la tierra” (Mateo 28:18)

La misión comienza con una revelación de quién es Jesús, no con una estrategia.

Los discípulos primero vieron al Cristo resucitado, lo adoraron y recién después recibieron el envío. La revelación precede al envío.

Esto cambia completamente nuestra perspectiva. No comenzamos preguntándonos solamente: “¿qué puedo hacer para Dios?”. Comenzamos preguntándonos: “¿quién es Dios y qué está haciendo?”

Cuando vemos a Jesús, respondemos en adoración. Y cuando la adoración es verdadera, inevitablemente nos pone en movimiento.

De adentro hacia afuera

Si la misión comienza arriba, en Dios, también tiene una dirección hacia afuera. Dios hace algo en nosotros para que, a través de nosotros, alcance a otros.

Por eso, la misión comienza cuando salimos de nosotros mismos. No necesariamente de nuestra ciudad, de nuestro país o de nuestra cultura. Primero tenemos que salir de nuestra comodidad.

La Gran Comisión comienza cuando dejamos de vivir encerrados en nuestra propia historia, nuestros propios intereses y nuestros propios círculos de comodidad. El “vayan” de Jesús no está dirigido exclusivamente a los misioneros interculturales. Cada creyente está llamado a obedecer el mandato de hacer discípulos. Incluso el término utilizado puede entenderse como “yendo”, mostrando que la misión sucede mientras vivimos nuestra vida cotidiana en obediencia a Cristo.

Esto significa que la misión puede comenzar en nuestra propia casa, en una conversación, en el trabajo, con un vecino o con un compañero de estudio. Puede comenzar con alguien que tenemos cerca, pero que quizás nunca miramos desde la perspectiva de Dios.

Cuando invertimos la dirección

El problema es que muchas veces queremos que el plan sea de afuera hacia dentro. Queremos que otros cambien para que nuestra realidad sea más cómoda. Queremos que las personas lleguen a nuestros espacios, conozcan nuestras formas, entren en nuestros círculos y se adapten a nuestra manera de hacer las cosas.

Pero Jesús dijo: “Vayan y hagan discípulos”.

La misión nos obliga a movernos hacia las personas, a mirar hacia afuera y a dejar de preguntarnos solamente qué necesitamos nosotros para comenzar a preguntarnos qué está haciendo Dios alrededor nuestro y cómo podemos participar.

El plan de Dios no es de afuera hacia dentro. Es de adentro hacia afuera. Lo que Dios hace en nosotros comienza a alcanzar a quienes están alrededor.

Colaboradores de su plan eterno

Hay otra inversión que necesitamos evitar. No se trata de que nosotros construimos una misión y después invitamos a Dios a participar. La historia es de Dios y nosotros colaboramos con ella.

Dios tiene un plan y nosotros somos invitados a participar. Esto también nos libera de una carga innecesaria. No somos los salvadores del mundo ni tenemos que producir resultados por nuestras propias fuerzas. Somos colaboradores.

Pablo utiliza la palabra synergios, de donde proviene el concepto de sinergia, para hablar de quienes trabajan juntos en la obra de Dios: “Yo planté, Apolos regó, pero Dios ha dado el crecimiento”. Nuestra parte es necesaria, pero no es suficiente. Dios es quien da el crecimiento.

Cuando entendemos esto, la misión deja de ser una tarea que tenemos que cumplir para demostrar algo y comienza a ser una oportunidad de participar en aquello que Dios ya está haciendo.

El combustible correcto: la adoración

Si entendemos la misión como una obligación, tarde o temprano nos vamos a cansar. “Hay que evangelizar”, “hay que predicar”, “hay que hacer algo”. Pero el motor de la misión no es la culpa. Es la adoración.

Cuando vemos quién es Dios y somos transformados por el evangelio, algo comienza a suceder dentro de nosotros. Ya no hablamos de Cristo simplemente porque tenemos que hacerlo, sino porque hemos experimentado la buena noticia.

La misión fluye del evangelio.

Dios no se quedó observando el sufrimiento de su creación desde lejos. Descendió para rescatarla. El Padre envió a su propio Hijo para salvarnos. Y cuando comprendemos esta gracia, somos impulsados a compartirla.

Por eso, para amar la misión de Dios, primero necesitamos amar el evangelio. La adoración no es solamente cantar. Es una vida de entrega y obediencia. Y cuando la adoración es genuina, nos mueve.

Oración y predicación: dos partes de una misma misión

También necesitamos dejar de pensar que algunos son “los que oran” y otros “los que hacen misión”. La oración y la predicación forman parte de un mismo movimiento.

La oración nos une al corazón de Dios y prepara el terreno espiritual. La predicación proclama la Palabra que lleva el evangelio a las personas. Pablo lo expresa en Romanos 10: 

“porque: «Todo aquel que invoque el nombre del Señor será salvo». ¿Cómo, pues, invocarán a Aquel en quien no han creído? ¿Y cómo creerán en Aquel de quien no han oído? ¿Y cómo oirán sin haber quien les predique? ¿Y cómo predicarán si no son enviados? Tal como está escrito: «¡Cuán hermosos son los pies de los que anuncian el evangelio del bien!». Así que la fe viene del oír, y el oír, por la palabra de Cristo.” ‬‬

Romanos 10:13-15, 17 NBLA

Por eso no fuimos llamados a elegir solamente aquello que nos resulta más natural. Fuimos llamados a crecer como colaboradores completos de la misión de Dios, entendiendo que cada una de estas dimensiones forma parte del mismo propósito.

La misión no termina cuando alguien escucha

La Gran Comisión tampoco consiste solamente en compartir el evangelio y seguir adelante.

Jesús dijo: “Vayan, pues, y hagan discípulos de todas las naciones…”

El mandato incluye enseñar a guardar todo lo que Él ha ordenado. La misión comienza con el evangelismo, pero debe desembocar en discipulado.

Y el discipulado no es un programa para unos pocos. Es la vida cotidiana de quien decide vivir bajo la autoridad de Cristo. La iglesia local es el lugar donde esa vida puede desarrollarse en comunidad, en la Palabra, en la adoración y en la misión compartida.

¿Desde dónde estás siendo enviado?

La misión de Dios no comienza con un pasaje de avión. Comienza mucho más cerca.

Comienza cuando dejamos de ser consumidores para convertirnos en colaboradores. Cuando dejamos de vivir mirando hacia adentro y empezamos a mirar hacia afuera. Cuando dejamos de intentar construir nuestra propia historia y decidimos entrar en la historia de Dios.

El movimiento es de arriba hacia abajo: Dios nos revela quién es, nos alcanza, nos transforma y nos envía. Y también es de adentro hacia afuera: lo que Dios hace en nosotros comienza a alcanzar a quienes están alrededor.

La misión no es una carga que la Iglesia soporta. Es un privilegio que comparte. Y cuando entendemos que somos colaboradores de Dios, descubrimos que cada conversación, cada encuentro y cada acto de servicio puede formar parte de ese “yendo” cotidiano mediante el cual el Reino se extiende.

Por eso, la pregunta ya no es solamente “¿a dónde tengo que ir?”

La pregunta es: ¿De qué tengo que salir hoy para que, a través de mí, alguien más pueda encontrarse con Cristo?


Escucha este episodio aquí: https://open.spotify.com/episode/3EJz3nDY821xwyDoyhwIb4?si=gSrynGWmR8C3m8E8KjD3jw