Cuando hablamos de nuestra fe en Jesús, una de las palabras que más utilizamos es “evangelio”. Hablamos de creer en el evangelio, compartirlo o evangelizar. Sin embargo, ¿sabemos realmente qué significa?
Imagina por un momento que tenes una deuda enorme. sabes que tenes que pagarla, pero no tenes los recursos para hacerlo. La preocupación crece porque no encontras una salida. Pensas una y otra vez cómo resolverlo, hasta que un día recibes una llamada. Alguien del otro lado te dice: “No te preocupes. Yo me hago cargo de tu deuda. Vos ya no tenes que pagarla”.
¿Qué sentirías? Probablemente alivio. Alegría. Paz. Una carga que parecía imposible de llevar acaba de desaparecer. Eso es, en parte, lo que significa recibir una buena noticia. No se trata simplemente de escuchar algo agradable. Es recibir un anuncio que cambia tu situación.
Y esa imagen nos ayuda a acercarnos al significado del evangelio. Porque la buena noticia que Dios anuncia no es un consejo para que aprendamos a vivir mejor ni una serie de instrucciones para resolver nuestros problemas. Es la noticia de lo que Dios hizo por nosotros al entregar a su Hijo y abrirnos el camino de la salvación.
Pero el evangelio es todavía mucho más grande que nuestra necesidad individual.
Jesús mismo advirtió sobre el peligro del engaño. En Mateo 24:4 dijo: “Tengan cuidado que nadie los engañe”. La batalla contra el engaño no se enfrenta solamente con buenas intenciones, sino con una mente formada en la verdad de Dios y conociendo tanto las Escrituras como el poder de Dios. Por eso necesitamos volver a una pregunta fundamental:
¿Qué es realmente el evangelio?
La palabra “evangelio” proviene del griego euaggelion, que significa “buena noticia” o “buen mensaje”. Pero no se trata simplemente de una noticia positiva. En el contexto bíblico, esta palabra estaba relacionada con anuncios vinculados al rey y con las noticias de que Dios había intervenido para liberar a su pueblo. Esto cambia nuestra perspectiva.
El evangelio no es principalmente un mensaje acerca de nosotros. Es el mensaje de Dios.
Pablo lo expresa desde el comienzo de Romanos cuando habla del “evangelio de Dios”. Y Marcos presenta a Jesús anunciando precisamente “el evangelio de Dios” y proclamando que el Reino de Dios se había acercado.
Por eso, el centro del evangelio no está solamente en descubrir qué puede hacer Dios por nosotros, sino en conocer quién es Dios, qué está haciendo y cuál es su propósito.
Cuando nos acercamos a las Escrituras únicamente para preguntarnos “¿qué hay para mí?”, corremos el riesgo de convertir la Palabra en una herramienta para satisfacer nuestras necesidades. En cambio, cuando buscamos conocer a Dios, su voluntad y su historia, la revelación comienza a transformar nuestra manera de pensar y de vivir.
Y esta es una de las razones por las que el evangelio es verdaderamente poderoso: no depende de nuestra capacidad, sino del poder de Dios.
“No me avergüenzo del evangelio, pues es el poder de Dios para la salvación de todo el que cree.”
Romanos 1:16
Otra clave para comprender el evangelio completo es dejar de verlo solamente como un momento puntual.
El evangelio no comienza con nuestra conversión.
La historia de Dios comienza antes de nosotros y se extiende hacia la consumación de su propósito. La creación, la historia del hombre, el pecado, la promesa y la redención forman parte de una misma historia que encuentra su centro en Cristo.
Por eso podemos hablar de una sola historia: la historia de Dios.
Cada acontecimiento tiene sentido en sí mismo, pero también forma parte de un propósito mucho mayor. Toda la Escritura nos conduce hacia una historia unificada que encuentra su centro en Cristo. Esto es fundamental porque, cuando no conocemos la historia verdadera, tendemos a completar los espacios vacíos con nuestra propia historia. Nuestros sueños, experiencias, heridas, temores y expectativas pueden convertirse, sin darnos cuenta, en el marco desde el cual interpretamos a Dios.
El evangelio completo hace justamente lo contrario: Dios nos rescata de una historia centrada en nosotros para hacernos parte de una historia centrada en su propósito.
Así, el evangelio nos permite comprender nuestro pasado, transforma nuestro presente y redefine nuestra mirada hacia el futuro.
Que el evangelio sea la historia de Dios no significa que sea distante o impersonal. Pablo podía hablar del “evangelio de Dios”, pero también referirse a él como “nuestro evangelio” o “mi evangelio”. No porque quisiera colocarse en el centro, sino porque había comprendido que, por su gracia, Dios permite que su historia se convierta también en nuestra historia.
La buena noticia viene de Dios y pertenece a Dios. Jesús la anunció y nosotros somos invitados a recibirla, creerla y hacerla parte de nuestra propia vida.
El evangelio no es solamente algo que debemos conocer intelectualmente. Es una verdad que debe atravesar nuestra mente, llegar al corazón y transformar nuestra manera de vivir.
Una manera de profundizar en el contenido del evangelio es hacerlo a partir de cuatro preguntas fundamentales:
Estas preguntas nos permiten comprender el evangelio desde una perspectiva personal y, al mismo tiempo, conectarlo con la historia completa de Dios.
Conocer a Dios nos permite descubrir su propósito eterno. La historia no comienza con el hombre buscando un sentido para su existencia. Comienza con Dios y con un propósito que nace en Él.
Cuando comprendemos quién es el hombre, encontramos el problema: el pecado. El pecado afecta el corazón humano y rompe la relación con Dios. El problema del hombre no puede resolverse simplemente con esfuerzo, buenas intenciones o cambios externos. Necesitamos redención.
En Cristo encontramos la promesa. Jesús es el centro de la historia del evangelio y en Él encontramos la garantía de que Dios cumplirá su propósito. La salvación no depende de que el hombre consiga resolver por sí mismo su problema. Depende de lo que Dios hizo en Cristo.
Finalmente, el evangelio nos confronta con una decisión. La buena noticia no solamente debe ser escuchada. Debe ser recibida. La pregunta deja de ser solamente “¿qué dice el evangelio?” y pasa a ser: ¿Qué voy a hacer yo con esta noticia?
El evangelio también puede contemplarse desde una perspectiva más amplia: no solamente en relación con el hombre, sino en relación con toda la creación.
Pablo expresa esta dimensión en Colosenses 1:15-17 cuando presenta a Cristo como aquel por medio de quien fueron creadas todas las cosas y para quien todas las cosas existen. Esto nos recuerda que el evangelio es mucho más grande que nuestra experiencia individual.
Nuestra salvación importa, pero nosotros no somos el centro de la historia. Cristo es el centro.
Cuando comprendemos esto, nuestra propia vida adquiere una nueva perspectiva: fuimos invitados a formar parte de algo infinitamente mayor que nosotros mismos.
Podemos conocer las respuestas correctas y, aun así, no estar viviendo de acuerdo con el evangelio. El conocimiento intelectual es importante, pero el evangelio demanda transformación. Por eso el arrepentimiento ocupa un lugar central.
Jesús comenzó su ministerio anunciando:
“El tiempo se ha cumplido y el reino de Dios se ha acercado; arrepiéntanse y crean en el evangelio.”
Marcos 1:15
Arrepentirse implica una transformación profunda de nuestra manera de pensar, de nuestra voluntad, de nuestros afectos y de nuestras prioridades. No se trata solamente de reconocer que estábamos equivocados. Se trata de permitir que la verdad de Dios cambie la dirección de nuestra vida. La buena noticia de Dios nos invita a abandonar una vida construida alrededor de nuestros propios deseos para entrar en la historia que Él está desarrollando.
Comprender el evangelio completo cambia la manera en que entendemos nuestra fe. Ya no se trata simplemente de haber “aceptado a Cristo” en algún momento del pasado. Tampoco de reunir conocimientos bíblicos o intentar construir una vida cristiana basada en nuestras propias fuerzas.
Se trata de conocer la historia de Dios, reconocer nuestro lugar dentro de ella y permitir que esa verdad transforme nuestra mente y nuestro corazón.
El evangelio es una buena noticia porque Dios tiene un propósito.
Es una buena noticia porque, aunque el pecado introdujo un problema real, Dios proveyó redención en Cristo. Y es una buena noticia porque la historia todavía no terminó: Dios continúa llevando todas las cosas hacia la consumación de su propósito. Por eso, la pregunta no es solamente si conocemos el evangelio.
La pregunta es si estamos viviendo de acuerdo con él.
Porque el evangelio completo no fue dado simplemente para ser aprendido. Fue dado para ser vivido.
Puedes escuchar este episodio aquí: https://open.spotify.com/episode/2yVO0H9utMTgJntDiVqxiQ?si=8aekCnH5TXiGlAIpPhiU1g