Cuando escuchamos la palabra sacerdocio, probablemente pensemos en alguien que ocupa una posición especial dentro de la Iglesia. Un pastor, un líder, alguien que predica, que ministra o que tiene una responsabilidad espiritual reconocida.
Durante mucho tiempo, esa fue también nuestra manera de entenderlo: como una función reservada para unos pocos.
Pero cuando volvemos a mirar la historia bíblica, encontramos una perspectiva diferente. El sacerdocio no aparece como un privilegio de unos pocos, sino como parte del diseño de Dios para su pueblo. De hecho, la historia comienza con el ser humano ejerciendo una función sacerdotal y termina con un pueblo transformado en un reino de sacerdotes.
Entonces, no se trata solamente de preguntarnos: “¿Cuál es mi ministerio?” Antes de eso necesitamos preguntarnos: “¿Estoy viviendo como sacerdote?”
Cuando pensamos en sacerdotes, nuestra mente suele ir directamente al sacerdocio levítico del Antiguo Testamento. Aarón y sus hijos fueron apartados para esta función, y la tribu de Leví quedó encargada del servicio del tabernáculo.
Sin embargo, la función sacerdotal aparece mucho antes. En el relato de Génesis, Dios coloca a Adán en el jardín del Edén y le encomienda labrarlo y guardarlo. Las palabras hebreas utilizadas allí son abad y shamar, términos que posteriormente aparecen asociados a las responsabilidades sacerdotales de Israel.
Esto nos permite entender algo fundamental: el sacerdocio no nació como un cargo dentro de una institución religiosa. Nació como una forma de vivir delante de Dios. (cita)
Adán y Eva fueron puestos en la creación como colaboradores, administradores, labradores y guardianes. Su tarea implicaba representar a Dios ante la creación y, al mismo tiempo, representar la creación delante de Dios.
Por eso, cuando hablamos de sacerdocio, estamos hablando mucho más que de una actividad que ocurre dentro de una reunión.
Estamos hablando de quiénes somos y cómo vivimos delante de Dios en el lugar donde Él nos puso.
A lo largo de la historia bíblica, la función sacerdotal puede resumirse en una idea: acortar distancias entre el cielo y la tierra.
El sacerdote representa a Dios delante de las personas y representa a las personas delante de Dios. Es alguien que se hace responsable de cultivar su relación con Dios, permanecer atento y convertirse en un instrumento de reconciliación.
Aqui aparecen dos dimensiones fundamentales del sacerdocio: adoración e intercesión.
La adoración, expresada en el término abad, tiene que ver con cultivar, trabajar y servir a Dios. No se limita a cantar una canción o participar de un momento musical. La adoración también se expresa en una vida de obediencia.
Abraham dijo que él y su hijo irían a adorar, y aquella adoración estaba relacionada con una decisión concreta de obedecer a Dios.
La intercesión, asociada a shamar, implica guardar, velar y ponerse entre Dios y una necesidad. La imagen utilizada es la de un centinela que permanece despierto, atento a lo que sucede y dispuesto a actuar.
Un sacerdote, entonces, no solamente habla acerca de Dios. Un sacerdote vive de tal manera que puede representar a Dios, permanecer cerca de Él, velar por otros y convertirse en un puente de reconciliación.
El pecado deformó la imagen de Dios en la humanidad y aquello que originalmente estaba unido terminó expresándose de manera fragmentada. En la historia de Israel encontramos sacerdotes, profetas y reyes cumpliendo distintas dimensiones de lo que Dios había diseñado para el ser humano.
Jesús vino a restaurar nuestra identidad como sacerdotes.
Él es el sacerdote perfecto, pero también es la Palabra de Dios encarnada y el Rey de Reyes. En Cristo encontramos reunidas de manera perfecta esas dimensiones que habían quedado separadas.
Y hay algo todavía más importante: Jesús no se quedó con ese sacerdocio como una función exclusiva de Él. Nos incluyó en él.
Apocalipsis lo expresa de esta manera:
“Y los has hecho un reino y sacerdotes para nuestro Dios; y reinarán sobre la tierra”.
Apocalipsis 5:10
La obra de Cristo restaura nuestro acceso al Padre y nos incorpora a un pueblo sacerdotal. Todos aquellos que están unidos a Cristo participan de su oficio sacerdotal.
Por eso Pedro puede decirle a la Iglesia:
“Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios...”
1 Pedro 2:9
No dice esto solamente a quienes predican. No lo dice solamente a los pastores. No lo dice solamente a quienes tienen un ministerio visible. Lo dice al pueblo de Dios.
Quizás una de las mayores dificultades que tenemos hoy es que hemos aprendido a asociar el sacerdocio con una plataforma. Pensamos que ejercer nuestra función espiritual significa tener un micrófono, ocupar una posición, liderar un grupo o desarrollar un ministerio dentro de la congregación.
Y cuando no tenemos ninguna de esas cosas, podemos llegar a pensar que todavía no estamos haciendo algo significativo para Dios. Pero el sacerdocio bíblico nos lleva en otra dirección.
El llamado no es esperar una plataforma para comenzar a ministrar. Es asumir nuestra identidad sacerdotal allí donde Dios ya nos colocó.
En nuestra casa, nuestro trabajo, en la universidad, en nuestro oficio, en nuestra familia, en nuestras relaciones, en cada ambiente donde nuestra vida tiene influencia.
La función sacerdotal no depende de lo que hacemos para Dios, sino de quiénes somos detrás de lo que hacemos.
Una madre puede ejercer su sacerdocio mientras acompaña y forma a sus hijos. Un estudiante puede ejercerlo en su universidad. Un trabajador puede ejercerlo en su lugar de trabajo. Un empresario puede hacerlo en la manera en que administra aquello que recibió.
No necesitamos esperar que alguien nos dé un título para comenzar a vivir como sacerdotes.
Entender el sacerdocio de todos los santos tampoco significa eliminar los roles y autoridades espirituales dentro de la Iglesia.
La misma Escritura reconoce distintos dones y ministerios que Cristo entrega a su Cuerpo para edificarlo y llevarlo hacia la madurez. Pastores, maestros, evangelistas, profetas y apóstoles tienen una función necesaria dentro de la Iglesia.
La diferencia está en comprender que esos ministerios no crean una clase superior de cristianos. Los diferentes miembros cumplen diferentes funciones, pero todos forman parte del mismo cuerpo.
Pablo lo explica diciendo que Dios colocó a cada miembro en el cuerpo según quiso. Hay muchos miembros, pero un solo cuerpo.
El pastor no puede vivir el sacerdocio por toda la congregación. El profeta no puede interceder por toda la Iglesia. El maestro no puede escuchar a Dios por todos.
Los líderes no fueron llamados a reemplazar al pueblo de Dios, sino a edificarlo para que cada miembro pueda ocupar su lugar.
Esto cambia profundamente la manera en que entendemos la vida de la Iglesia.
Si solamente unos pocos ejercen el sacerdocio, tendremos una comunidad donde muchos reciben y unos pocos ministran. Pero si comprendemos que todos somos sacerdotes, la Iglesia deja de ser un lugar donde algunos hacen y otros observan.
Cada creyente se convierte en un participante activo del plan de Dios.
Todos podemos cultivar nuestra relación con Él, Todos podemos adorar con nuestra vida, todos podemos interceder, todos podemos representar a Cristo, todos podemos anunciar sus maravillas, todos podemos ser instrumentos de reconciliación, todos podemos cuidar y guardar aquello que Dios puso bajo nuestra responsabilidad.
El sacerdocio de todos los santos no significa que todos hagamos lo mismo. Significa que todos asumimos nuestra responsabilidad delante de Dios.
Tal vez hemos pasado demasiado tiempo preguntándonos cuál es nuestro llamado, mientras Dios quiere que primero recuperemos nuestra identidad.
Antes de preguntarnos qué plataforma tendremos, podemos preguntarnos qué estamos cultivando. Antes de buscar un ministerio, podemos preguntarnos por quién estamos intercediendo. Antes de esperar que alguien nos reconozca, podemos mirar el lugar donde Dios ya nos puso y preguntarnos: ¿cómo puedo representar a Cristo aquí?
Porque el sacerdocio no comienza cuando alguien nos entrega una responsabilidad dentro de la Iglesia. Comienza cuando entendemos quiénes somos en Cristo.
Jesús abrió el camino al Padre y, por medio de su obra, nos hizo parte de un pueblo sacerdotal. Ya no necesitamos vivir como espectadores de lo que Dios hace a través de otros.
Tenemos acceso. Tenemos responsabilidad. Tenemos un lugar. Y ese lugar no está limitado a una plataforma. Está allí donde Dios nos puso.
El desafío de la Iglesia de hoy no es solamente levantar más líderes, sino despertar a todo el pueblo de Dios para que cada creyente ejerza el sacerdocio que recibió en Cristo.
Porque cuando cada miembro asume su lugar, la Iglesia deja de ser una comunidad donde unos pocos ministran y se convierte en un cuerpo donde todos son colaboradores del plan de Dios.
Basado en la clase: “Qué es el sacerdocio” - Materia Dinámica Profética