Amigos del Novio

Amigos del Novio

“El que tiene la novia es el novio, pero el amigo del novio, que está allí y le oye, se alegra en gran manera con la voz del novio. Y por eso, este gozo mío se ha completado”.
Juan 3:29

Juan el Bautista nos presenta una imagen que nos ayuda a comprender nuestro lugar en la historia de Dios: el Novio, la novia y el amigo del Novio. Jesús es el Novio, la Iglesia es su novia y nosotros tenemos la responsabilidad de vivir como amigos del Novio. Comprender esta relación transforma nuestra manera de servir, de relacionarnos con la Iglesia y de entender el propósito de nuestra vida.

Para cumplir esta función necesitamos conocer el corazón de Jesús. No podemos ayudar a otros a crecer en su relación con Él si nosotros mismos no cultivamos una relación profunda con Él. Ser amigos del Novio comienza por escuchar su voz, conocer su amor por la Iglesia y comprender cuánto desea verla preparada para el día de su regreso.

El corazón del Novio

Jesús no tiene una relación distante con su Iglesia. Su compromiso con ella es profundo, personal y permanente. La Escritura presenta a Cristo como el Novio que ama a su novia y desea prepararla para el encuentro con Él. Por eso, el servicio cristiano no puede reducirse a cumplir tareas, sostener actividades o mantener una estructura en funcionamiento. Todo lo que hacemos debe contribuir a que la Iglesia crezca en amor y fidelidad hacia Jesús.

Pablo expresa este anhelo cuando escribe: “Porque celoso estoy de ustedes con celo de Dios; pues los desposé a un esposo para presentarlos como virgen pura a Cristo” (2 Corintios 11:2). La imagen nos permite comprender que existe una responsabilidad espiritual en acompañar a la Iglesia: ayudarla a mantener su devoción a Cristo, a crecer en madurez y a prepararse para su encuentro con Él.

Pero nadie puede servir correctamente a la novia si no ama primero al Novio. Cuando perdemos de vista el corazón de Jesús, podemos terminar trabajando para una organización sin comprender la vida que Dios quiere desarrollar en su pueblo. La Iglesia también tiene responsabilidades prácticas, pero no es solamente una organización que administra recursos y cumple compromisos. Es un organismo vivo: el Cuerpo de Cristo, donde cada miembro está relacionado con los demás y todos dependemos de Él.

Por eso, nuestra tarea no consiste simplemente en hacer que las cosas funcionen. Se trata de servir a personas, cuidar vidas y colaborar para que Cristo sea formado en su Iglesia.

Que Él crezca

Juan el Bautista nos dejó una de las declaraciones más importantes para comprender el corazón de un amigo del Novio:

“Es necesario que Él crezca, y que yo disminuya”.
Juan 3:30

Juan tenía un ministerio reconocido. Las multitudes se acercaban para escucharlo y su voz tenía influencia. Sin embargo, cuando Jesús comenzó a manifestarse, Juan no intentó conservar el protagonismo ni competir por la atención de las personas. Comprendió que su función era preparar el camino y dirigir las miradas hacia alguien más grande que él.

Esta es una de las pruebas más profundas de nuestro servicio: ¿podemos alegrarnos cuando Jesús recibe el reconocimiento, aunque nuestro nombre no sea mencionado? ¿Podemos hacer lo que nos corresponde sin necesitar que los demás reconozcan nuestro aporte? ¿Podemos hablar con fidelidad, incluso cuando eso significa decir algo que las personas no desean escuchar?

El amigo del Novio no busca construir su propia relevancia a partir de la relación que tiene con la novia. Su alegría está en ver crecer el amor entre Jesús y su Iglesia. Por eso, su servicio no se mide solamente por la cantidad de personas que lo siguen o por la visibilidad de lo que hace, sino por cuánto contribuye a que otros conozcan, amen y obedezcan a Cristo.

Disminuir no significa dejar de servir ni negar lo que Dios nos confió. Significa poner todo bajo el señorío de Jesús, reconociendo que la obra le pertenece a Él. Nuestros dones, capacidades y oportunidades encuentran su propósito cuando dejan de ser herramientas para construir nuestro nombre y se convierten en instrumentos para exaltar el suyo.

Un compromiso que cuesta

El evangelio nos confronta con una idea que muchas veces preferimos evitar: seguir a Jesús no es una estrategia para conseguir una vida cómoda, acumular riquezas o alcanzar reconocimiento. Jesús nos llama a buscar primero el Reino de Dios y a vivir con una perspectiva que trasciende esta era.

Esta verdad también debe transformar nuestra manera de servir a la Iglesia. Cuando el ministerio se convierte en un medio para obtener beneficios personales, las personas dejan de ser el centro del cuidado y pueden transformarse en instrumentos para alcanzar nuestros propios objetivos. Entonces, en lugar de servir a la novia, comenzamos a aprovechar la relación que tenemos con ella.

Jesús confrontó con firmeza a quienes utilizaban el espacio de adoración para sus propios intereses. Su celo por la casa de Dios revela que Él no es indiferente ante quienes se aprovechan de las personas que se acercan para buscarlo. De la misma manera, la función del amigo del Novio exige integridad, humildad y responsabilidad.

El buen pastor no ve a las ovejas como una oportunidad para vivir mejor, sino como vidas por las cuales está dispuesto a entregarse. Servir implica invertir tiempo, esfuerzo y recursos en el crecimiento de otros, aun cuando eso no produzca reconocimiento inmediato. Significa permanecer fieles cuando el trabajo es invisible y cuando los resultados no llegan de la manera que esperábamos.

La Escritura también nos recuerda que nuestras obras serán examinadas delante de Cristo. “Porque todos nosotros debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno sea recompensado por sus hechos estando en el cuerpo, de acuerdo con lo que hizo, sea bueno o sea malo” (2 Corintios 5:10).

No se trata de intentar ganar el amor de Dios por medio de nuestras obras. Se trata de reconocer que nuestra manera de vivir y servir importa. La gracia que recibimos nos introduce en una vida de fidelidad, y esa vida será evaluada por Aquel a quien pertenecemos.

La novia pertenece al Novio

El amigo del Novio necesita recordar constantemente a quién pertenece la Iglesia. No está llamado a conquistar la atención de las personas ni a hacer que dependan de su voz, su personalidad o su capacidad. Su función es contribuir a que la Iglesia ame más a Jesús y permanezca unida a Él.

Esto requiere discernimiento y valentía. A veces, ser fieles significa decir lo que es necesario y no simplemente lo que otros quieren escuchar. El deseo de agradar a las personas puede llevarnos a evitar conversaciones importantes o a medir nuestro servicio por la aprobación que recibimos. Sin embargo, una voz que busca impresionar a la novia puede terminar perdiendo de vista al Novio.

Nuestro llamado es cultivar el amor entre Jesús y su Iglesia, no ocupar el lugar que solo le corresponde a Él. Cuanto más conocemos el corazón del Novio, más aprendemos a servir sin manipular, acompañar sin controlar y hablar sin buscar reconocimiento personal.

Esta responsabilidad también nos invita a examinar nuestras motivaciones. ¿Nos alegra que otros crezcan en intimidad con Jesús, aunque ya no dependan tanto de nosotros? ¿Podemos celebrar cuando otra persona recibe reconocimiento? ¿Estamos utilizando las oportunidades de servicio para edificar la Iglesia o para sentirnos importantes?

Estas preguntas no buscan producir condenación, sino llevarnos nuevamente al corazón de Dios. Siempre podemos volver a Él, reconocer aquello que necesita ser transformado y ordenar nuestras motivaciones para que el honor sea entregado a Jesús.

Fieles hasta el final

La historia todavía no está completa. La Escritura anuncia las bodas del Cordero y presenta a una novia preparada para encontrarse con su Novio: “Regocijémonos y alegrémonos, y démosle a Él la gloria, porque las bodas del Cordero han llegado y su esposa se ha preparado” (Apocalipsis 19:7).

Esta esperanza le da dirección a nuestra vida presente. No servimos solamente para resolver necesidades inmediatas o sostener actividades. Servimos dentro de una historia que culminará con el regreso de Jesús y la consumación de su propósito.

Por eso, ser amigos del Novio implica mantener encendido nuestro amor por Él y ayudar a que ese amor crezca en la Iglesia. Nuestra identidad está unida a Cristo, y nuestra función nos lleva a servir a su novia con fidelidad, humildad y entrega.

La pregunta no es cuánto protagonismo conseguimos, sino cuánto contribuimos a que Jesús ocupe el lugar que le corresponde. No se trata de desaparecer por inseguridad, sino de encontrar nuestra verdadera alegría en verlo crecer en otros.

Como Juan el Bautista, podemos aprender a escuchar la voz del Novio y alegrarnos profundamente por ella. Podemos invertir nuestra vida en preparar a la Iglesia, sabiendo que el centro de la historia no somos nosotros, sino Jesús.

El amigo del Novio encuentra su gozo en ver a la novia amar cada vez más al Novio. Que ese sea también nuestro compromiso: conocer su corazón, servir a su Iglesia y permanecer fieles hasta el día en que Él regrese.

Basado en la clase: "Amigos del Novio" - Casa de Oración Nivel II

Preparar el camino

Preparar el camino

Hablar sobre los últimos tiempos puede despertar muchas preguntas. ¿Cuándo sucederán estas cosas? ¿Qué señales anunciarán el regreso de Jesús? ¿Cómo reconoceremos la temporada? A lo largo de la historia, estas preguntas han generado diferentes interpretaciones, debates y, muchas veces, temor.

Pero cuando Jesús habló sobre su regreso, no parece haber querido producir una Iglesia paralizada por el miedo ni obsesionada con descifrar fechas. Su discurso profético tenía otro propósito: preparar a sus discípulos para atravesar lo que vendría y permanecer fieles hasta el final.

La escatología de Jesús, entonces, no comienza con nuestra curiosidad acerca del futuro. Comienza con una conversación con Él y con una pregunta mucho más profunda: ¿cómo debemos vivir hoy a la luz de lo que Él anunció?

Jesús provoca una conversación

En Mateo 24, Jesús comienza hablando con sus discípulos acerca de la destrucción del templo. Sus palabras despiertan preguntas, y ellos se acercan a Él para preguntarle acerca de su venida y de la consumación del siglo.

“Dinos, ¿cuándo sucederá esto, y cuál será la señal de Tu venida y de la consumación de este siglo?”
Mateo 24:3

Hay algo significativo en la manera en que comienza este discurso. Jesús no simplemente entrega información sobre acontecimientos futuros. Provoca a sus discípulos a preguntar.

La profecía no es presentada como un conjunto de datos destinados a satisfacer nuestra curiosidad, sino como una invitación a profundizar nuestra relación con Él. Jesús quiere que sus discípulos conozcan su corazón, su voluntad y aquello que está por delante para que puedan responder correctamente.

Por eso, todavía podemos acercarnos a Él con nuestras preguntas. La oración se convierte también en un espacio donde buscamos entendimiento, no solamente acerca de lo que sucederá, sino acerca de cómo debemos vivir frente a aquello que Él anunció.

Las señales no son para producir miedo

Después de las preguntas de sus discípulos, Jesús comienza a hablar acerca de las señales que antecederán su regreso. Y hay una advertencia que aparece desde el principio:

“Tengan cuidado de que nadie los engañe.”
Mateo 24:4

Antes de hablar de las dificultades que vendrán, Jesús habla del engaño. Esto nos muestra que el desafío de los últimos tiempos no será solamente atravesar circunstancias difíciles, sino permanecer firmes en la verdad en medio de ellas.

Jesús menciona diferentes acontecimientos y los compara con los dolores de parto. Un dolor de parto implica intensidad, presión y dificultad, pero también anuncia que algo está por nacer. De la misma manera, las señales anuncian un cambio de temporada y apuntan hacia el cumplimiento del plan de Dios.

No se trata de negar la dificultad. Jesús mismo la anuncia con claridad. Pero tampoco se trata de vivir aterrados por ella. Las señales tienen como propósito que podamos reconocer la temporada y prepararnos.

Jesús incluso utiliza la imagen de la higuera:

“De la higuera aprendan la parábola: cuando su rama ya se pone tierna y echa las hojas, saben que el verano está cerca. Así también ustedes, cuando vean todas estas cosas, sepan que Él está cerca, a las puertas.”
Mateo 24:32-33

La enseñanza no es que podamos calcular el día y la hora. Es que podemos discernir la temporada y vivir preparados.

La preparación es una forma de vida

La segunda parte del discurso de Jesús muestra algo fundamental: después de hablar sobre las señales, Jesús enseña cómo deben vivir quienes esperan su regreso.

Mateo 24 y 25 presentan varias parábolas que hablan de personas preparadas y personas sorprendidas. El siervo fiel administra correctamente lo que recibió. Las vírgenes prudentes llevan aceite extra. El buen siervo multiplica los talentos que le fueron confiados.

Todas estas historias apuntan en una misma dirección: esperar a Jesús no significa quedarse quietos esperando que algo suceda. Significa vivir fielmente mientras esperamos.

La preparación tiene que ver con lo que hacemos con nuestro tiempo, nuestros recursos, nuestros dones y nuestras responsabilidades. Tiene que ver con nuestra intimidad con Dios y con aquello que ocupa el centro de nuestra vida.

La pregunta deja de ser solamente “¿cuándo volverá Jesús?” y comienza a ser: “¿qué estoy haciendo mientras espero?”

Porque podemos conocer las señales y, al mismo tiempo, estar completamente distraídos de aquello que Dios nos llamó a hacer.

Una Iglesia que no solo espera

Hay una conexión profunda entre el mensaje del Sermón del Monte y el discurso profético de Mateo 24 y 25. En ambos encontramos un llamado a decidir cómo construiremos nuestra vida, cómo responderemos a las palabras de Jesús y qué haremos con aquello que Él nos confió.

El mensaje del Reino no está separado del mensaje acerca de su consumación. Es una sola historia.

Por eso, prepararnos para el regreso de Cristo no consiste en abandonar nuestra responsabilidad presente para concentrarnos exclusivamente en el futuro. Al contrario: comprender los tiempos debería hacernos más conscientes de nuestra responsabilidad hoy.

La preparación implica más santidad, más perseverancia, más acción y más interacción con Dios.

La santidad no consiste únicamente en alcanzar una determinada excelencia moral. Significa comprender que fuimos apartados para formar parte de la historia de Dios. Nuestros dones, talentos, profesiones, familias y recursos pueden convertirse en instrumentos para tomar nuestro lugar en su plan.

La perseverancia implica permanecer firmes aun cuando las circunstancias sean difíciles. La madurez espiritual se evidencia cuando lo que sucede afuera no determina nuestra realidad interior.

Y la acción nos lleva a una conclusión inevitable: si entendemos el plan de Dios, ese entendimiento debe producir una respuesta concreta.

“La oración que no se pone en acción es una simple ilusión.”

Prepararnos para una Persona

Quizás esta sea una de las ideas más importantes de todo el mensaje: no nos estamos preparando simplemente para un acontecimiento. Nos estamos preparando para una Persona.

Jesús mismo es el centro de nuestra esperanza.

Por eso, prepararnos no significa vivir mirando permanentemente las noticias para intentar identificar cuál será la próxima señal. Significa cultivar una vida que permanezca conectada con Él.

“Los entendidos no serán sorprendidos. Los que se preparan permanecerán encendidos hasta el final.”

Juan el Bautista aparece en las Escrituras como una figura que ayuda a comprender esta responsabilidad. Su ministerio fue preparar el camino para la primera venida de Jesús.

“Voz del que clama en el desierto: ‘Preparen el camino del Señor, hagan derechas Sus sendas’”.
Mateo 3:3

Juan fue una voz que preparó el camino para Cristo. Pero la historia no termina allí. La Iglesia también está llamada a vivir como una voz que anuncia y prepara.

No se trata de que unos pocos tengan una función profética mientras el resto observa. La visión presentada en esta enseñanza es mucho más amplia: Dios está formando un pueblo que comprende su historia y participa activamente en ella.

Ser señales vivas

Una Iglesia preparada no vive como una comunidad dedicada a “cazar señales”. Vive como una comunidad que se convierte ella misma en una señal.

Cada vez que una vida es restaurada, que una familia vuelve a encontrar esperanza, que alguien es liberado del temor, que una persona aprende a caminar en fidelidad o que el Evangelio transforma una historia, algo del Reino de Dios se hace visible.

Nuestra vida puede anunciar que lo que Dios comenzó tendrá una consumación.

Por eso, preparar el camino comienza mucho antes de cualquier acontecimiento futuro. Comienza hoy, en nuestra manera de vivir, de amar, de servir, de discipular, de administrar y de relacionarnos con Dios.

La preparación también tiene una dimensión comunitaria. La Iglesia prepara el camino preparándose para Él, preparando personas, preparando recursos y preparando lugares donde la realidad del Reino pueda ser expresada y multiplicada.

¿Qué estamos preparando?

La pregunta final no es solamente si conocemos las señales. Es mucho más personal:

¿Qué estamos haciendo con lo que Jesús nos enseñó?

Podemos acumular información acerca de los últimos tiempos y permanecer igual. Podemos conocer las profecías y seguir distraídos. Podemos hablar del regreso de Cristo sin permitir que esa esperanza transforme nuestra manera de vivir.

Pero Jesús nos llama a algo diferente. Nos llama a permanecer despiertos, fieles y encendidos. A cultivar intimidad con Él. A perseverar cuando la presión aumenta. A utilizar aquello que recibimos para servir a otros. A anunciar el Evangelio del Reino. A formar discípulos. A administrar nuestros recursos para que el plan de Dios avance.

Preparar el camino no significa descubrir cuándo sucederá todo. Significa vivir de tal manera que, cuando Él venga, nos encuentre ocupados en aquello para lo cual nos llamó.

La historia tiene un Autor y un Consumador. Nosotros no somos sus autores, pero sí podemos ser sus colaboradores. Y quizás esa sea la pregunta que más importa mientras esperamos:

¿Qué estamos preparando hoy para aquel día?

Basado en la clase: La Escatología de Jesús - Materia: Evangelio Completo TTL training

Escucha este episodio aquí: https://open.spotify.com/episode/3AYp7gCzkXc4r1ZZJW9K6K?si=A1f4H4eBTCSTcy9XAhRe4w

Una casa firme

Una casa firme 

Cuando pensamos en una persona que Dios usa para transformar generaciones, fácilmente podemos mirar el momento visible de su historia: el ministerio que comenzó, las personas que alcanzó, el mensaje que predicó o la influencia que llegó a tener. Sin embargo, muchas veces aquello que vemos públicamente comenzó mucho antes, en un lugar mucho más sencillo: una casa.

La historia de Juan el Bautista nos ayuda a comprenderlo. Su llamado no comenzó en el desierto, frente a las multitudes que escuchaban su voz. Había comenzado mucho antes, en el hogar que Zacarías y Elisabet habían construido. Ellos establecieron una casa justa e irreprensible, y aquella siembra terminó manifestándose en la vida de Juan, quien fue llamado a preparar el camino del Señor.

Esto nos permite mirar nuestras casas, nuestras familias y también nuestras comunidades de fe desde otra perspectiva. Lo que construimos en los ambientes donde tenemos influencia puede preparar el camino para que otros conozcan a Jesús.

Y para construir una casa firme no alcanza solamente con enseñar. Cuando hablamos de “casa”, no nos referimos únicamente al lugar físico donde vivimos, sino a un ambiente donde las personas pueden ser recibidas, crecer, ser formadas y descubrir cómo participar del propósito de Dios. Una casa saludable no retiene a las personas para sí misma; las prepara para que puedan avanzar en aquello que Dios quiere hacer a través de sus vidas.

En la historia de Juan podemos ver cómo ese proceso se fue desarrollando desde su propio hogar hasta convertirse en una comunidad de discípulos que preparaba el camino para Jesús. Una casa puede comenzar con una familia, pero puede convertirse en un espacio que forma y envía generaciones.

En la vida de Juan encontramos cinco principios que ayudan a construir esa casa: justicia, entrega, crecimiento, desarrollo y envío.

Una vida que refleja al Padre

El primer principio es la justicia.

No se trata simplemente de cumplir reglas o de aparentar una conducta correcta. La justicia se desarrolla como fruto de una vida de obediencia, en la que el carácter del Padre comienza a hacerse visible en nosotros.

Jesús mismo explicó que no hacía las cosas por iniciativa propia, sino que hacía aquello que veía hacer al Padre. Su vida era una expresión de obediencia.

Esto nos lleva a una pregunta importante: ¿qué estamos mostrando con nuestra manera de vivir?

Porque quienes están a nuestro alrededor no solamente escuchan nuestras enseñanzas. También observan nuestras decisiones, nuestras reacciones, nuestra manera de relacionarnos y la forma en que respondemos frente a las circunstancias.

La obediencia, además, nace del amor. No podemos pretender formar una generación que obedezca a Dios solamente por miedo a las consecuencias. Necesitamos ayudarla a experimentar primero el amor del Padre, porque la obediencia verdadera es una respuesta a ese amor.

Una casa firme comienza entonces con personas que deciden vivir de manera que el carácter de Dios pueda ser visto.

Entregarnos sin reservas

El segundo principio es la entrega.

Entregarnos significa estar dispuestos a amar incondicionalmente, incluso cuando no conocemos las consecuencias de aquello que hacemos.

Hay una escena cotidiana que puede ayudarnos a pensarlo. Imaginemos que estamos detenidos en un semáforo y alguien se acerca para pedirnos dinero o vendernos algo. Antes de pensar en la necesidad de esa persona, muchas veces nuestra mente comienza a evaluar si realmente merece nuestra ayuda, qué hará con aquello que le demos o si nuestra entrega será utilizada correctamente.

Pero la pregunta profunda no es solamente qué vamos a entregar. La pregunta es cuál es la disposición de nuestro corazón.

Los discípulos de Jesús tampoco tenían siempre recursos materiales para entregar. Sin embargo, cuando encontraron a alguien necesitado, Pedro pudo decir:

“No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda”.
Hechos 3:6

La entrega no depende de tener mucho. Depende de estar dispuestos a poner en manos de otros aquello que Dios ya puso en las nuestras.

Esto también implica comprender que lo que Dios depositó en nosotros no fue pensado exclusivamente para nuestro beneficio. El tiempo, los dones, los recursos, las experiencias y aun los procesos que atravesamos pueden convertirse en herramientas para edificar la vida de otros.

Por eso, entregarnos por una generación significa estar dispuestos a dar nuestro tiempo, nuestros intereses y aquello que consideramos importante cuando entendemos que estamos colaborando con el propósito de Dios para otros.

Crecer significa que Jesús crezca en otros

El tercer principio es el crecimiento.

Pero no se trata simplemente de que una persona adquiera más conocimientos, responsabilidades o capacidades. El crecimiento que necesitamos buscar es que Jesús y su propósito aumenten en la vida de aquellos que caminan junto a nosotros.

Esto requiere paciencia.

Acompañar el crecimiento de otra persona puede ser mucho más lento de lo que quisiéramos. Puede haber procesos, errores, retrocesos y momentos en los que parezca que nada está sucediendo.

Sin embargo, Jesús le dijo a Pedro: “Apacienta mis ovejas”. Y apacentar implica también aprender el camino de la paciencia.

Esto aplica a todos los que tenemos personas a nuestro alrededor que están creciendo: padres con sus hijos, líderes con quienes discipulan, pastores con sus congregaciones y cualquier persona que esté acompañando a otra en su caminar con Dios.

No podemos acelerar artificialmente aquello que necesita tiempo.

Nuestra responsabilidad es crear el ambiente, acompañar, enseñar, amar y permanecer disponibles mientras Dios produce crecimiento.

Vaciar lo que recibimos

El cuarto principio es el desarrollo.

Aquí aparece una imagen especialmente significativa: podemos pensar nuestra vida como un vaso lleno que, cuando se derrama sobre otros, necesita volver a la fuente para ser llenado nuevamente.

Desarrollar a otros implica abrir nuestro corazón y permitirles acceder a aquello que Dios ya depositó en nosotros. También significa estar dispuestos a compartir nuestra vulnerabilidad para crecer juntos.

Pero hay algo fundamental: después de vaciarnos necesitamos volver a Dios para llenarnos otra vez.

Él es la fuente inagotable de gracia, amor y justicia.

El problema aparece cuando queremos recibir constantemente sin dar.

Podemos convertirnos en personas que llegan a la congregación, escuchan, reciben, aprenden y acumulan, pero nunca permiten que aquello que recibieron alcance a alguien más. El material utiliza una expresión fuerte para describir esta condición: “obesos espirituales”.

Fuimos llamados a mucho más que saciar nuestra propia sed.

Jesús dijo:

“¡Todo el que tenga sed puede venir a mí! ¡Todo el que crea en mí puede venir y beber! [...] De su corazón, brotarán ríos de agua viva”.
Juan 7:37-38

El agua que recibimos está destinada también a convertirse en un río que alcanza a otros.

El desafío de soltar

Envío; Enviar significa comprender el valor de aquello que tenemos en nuestras manos y, al mismo tiempo, tener la humildad necesaria para soltarlo.

Esto puede ser particularmente difícil cuando hemos invertido mucho en una persona. Después de acompañarla, enseñarle, verla crecer y descubrir su potencial, podemos sentir el deseo de retenerla porque sabemos cuánto puede aportar si permanece cerca.

Pero una casa firme no forma personas para sí misma. Forma personas para el propósito de Dios.

Pablo experimentó esto con Onésimo. Había invertido en él y podría haber querido retenerlo para que continuara sirviéndole. Sin embargo, decidió enviarlo de regreso como un hombre libre.

Enviar implica reconocer que somos administradores, no propietarios, de aquello que Dios puso en nuestras manos.

Pedro lo expresa de esta manera:

“Cada uno según el don que ha recibido, minístrelo a los otros, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios”.
1 Pedro 4:10

Cuando entendemos esto, enviar deja de sentirse como una pérdida y comienza a convertirse en parte del propósito.

Una casa que se convierte en compañía de profetas

Juan el Bautista es quizás uno de los ejemplos más claros de este proceso.

Juan no se quedó como la única voz. A orillas del Jordán había discípulos junto a él. Había comenzado a formarse una compañía de profetas.

Y el trabajo de Juan había sido tan efectivo que sus propios discípulos pudieron reconocer a Jesús y seguirlo.

Un día, mientras estaba con dos de ellos, Juan vio pasar a Jesús y declaró:

“¡Miren! ¡Ahí está el Cordero de Dios!”

Cuando los dos discípulos lo escucharon, siguieron a Jesús. Ese momento revela algo hermoso sobre el verdadero liderazgo.

Juan no necesitaba que sus discípulos permanecieran para siempre siguiéndolo a él. Su propósito era prepararles el camino para que pudieran encontrarse con Jesús.

Cuando alguien que formamos deja de seguirnos para seguir más profundamente a Cristo, no hemos fracasado. Hemos cumplido nuestra tarea.

Cada vez que enviamos a alguien de nuestra familia, de nuestro grupo de discipulado o de nuestra congregación para avanzar en los deseos del corazón de Jesús, estamos construyendo una verdadera compañía de voces que preparan el camino.

¿Qué estamos construyendo en nuestra casa?

Quizás la pregunta que necesitamos hacernos no sea solamente qué estamos haciendo nosotros para Dios, sino qué estamos formando en las personas que están a nuestro alrededor.

¿Nuestra vida enseña obediencia? ¿Nuestro amor les muestra cómo entregarse? ¿Tenemos paciencia para acompañar su crecimiento? ¿Estamos dispuestos a compartir lo que Dios depositó en nosotros?

Y, cuando llega el momento, ¿tenemos la humildad para soltarlos y enviarlos?

Una casa firme no es una casa perfecta. Es una casa donde hay personas que están aprendiendo a vivir en obediencia, a amar sin reservas, a crecer, a derramarse sobre otros y a ser enviados.

Así fue como Juan llegó a ser una voz que clamaba en el desierto, pero no terminó siendo solamente una voz. Levantó otras voces. Ese puede ser también nuestro desafío.

Que nuestras familias, grupos de discipulado y congregaciones sean lugares donde los quebrantados sean amados, donde los necesitados sean recibidos, donde las personas puedan ser procesadas y entrenadas, y donde finalmente puedan ser enviadas hacia el propósito eterno de Dios.

Porque quizás el impacto que estamos esperando ver en nuestra ciudad o en nuestra nación no comienza en una multitud. Puede comenzar en nuestra casa.

Basado en el libro: "Viviendo en su casa" - Lucas Conslie

Fe Inquebrantable

Fe inquebrantable

Hay temporadas en las que aquello que parecía firme comienza a moverse. Circunstancias inesperadas pueden poner a prueba nuestras relaciones, nuestros pensamientos, nuestras seguridades y también nuestra fe. Lo que creíamos tener bajo control deja de estarlo y aparecen preguntas, temores e incertidumbres que quizás nunca antes habíamos enfrentado.

Pero en medio de todo lo que puede ser sacudido, hay algo que Dios quiere producir en nosotros: una fe inconmovible.

La Palabra dice: “Eso significa que toda la creación será agitada y removida, para que sólo permanezcan las cosas inconmovibles” (Hebreos 12:27). La sacudida no tiene como propósito simplemente mostrarnos aquello que puede romperse. También puede revelar qué es verdaderamente sólido y permitir que todo lo excedente sea quitado para que permanezca lo verdadero y genuino.

Por eso, construir una fe inquebrantable no significa vivir sin dificultades. Significa aprender a permanecer firmes cuando las circunstancias cambian. Y esa fe no se construye solamente para nosotros. Una generación inconmovible es gestada en familias y congregaciones inconmovibles.

Cuando nuestra fe es puesta a prueba

Hay momentos en los que nuestra fe parece sencilla mientras todo funciona como esperamos. Pero cuando aparecen el temor, la pérdida, la enfermedad, la incertidumbre o situaciones que no podemos controlar, descubrimos cuáles son realmente nuestras convicciones.

En esos momentos podemos preguntarnos si Dios sigue siendo bueno, si continúa gobernando y si podemos confiar en Él.

La respuesta que encontramos es que Dios no deja de ser soberano cuando nuestras circunstancias cambian. Él sigue gobernando y manifestando su Reino inconmovible.

La sacudida, entonces, puede convertirse en una oportunidad. No necesariamente para entender cada circunstancia, sino para permitir que aquello que era movible sea quitado y que nuestra confianza vuelva a estar puesta en Dios.

Frente a lo que sucede tenemos una elección: podemos pensar que Dios dejó de ser bueno con nosotros y abandonar nuestra fe, o podemos reconocer este tiempo como una oportunidad para que Dios trabaje en nuestra vida y quite aquello que no estaba verdaderamente fundamentado en Él.

La pregunta no es solamente qué está sucediendo a nuestro alrededor. También es: ¿qué está revelando esta situación acerca de aquello en lo que realmente estoy confiando?

Una fe que no depende de que Dios haga lo que queremos

Uno de los mayores desafíos para construir una fe inquebrantable es comprender que el plan de Dios no existe para acomodarse al nuestro.

Muchas veces queremos un Dios que cumpla nuestros sueños, que supla todas nuestras necesidades y deseos y que esté al servicio de aquello que nosotros consideramos importante.

Pero la perspectiva cambia cuando entendemos que Dios tiene un plan eterno y que nuestra mayor honra y plenitud no está en conseguir que Él se adapte a nuestros planes, sino en alinearnos con el suyo y ser parte de lo que Él está haciendo.

Esto requiere conocer Su voluntad y aprender a confiar en Él aun cuando no comprendamos completamente lo que sucede.

Una fe inconmovible no significa que nunca tendremos preguntas. Significa que nuestras preguntas no tienen que llevarnos a abandonar aquello que sabemos de Dios.

Cuando todo se mueve, necesitamos volver a lo que permanece.

La fe inquebrantable se hereda

Construir una fe firme no es solamente una responsabilidad individual. También tiene una dimensión generacional.

La Escritura nos muestra el ejemplo de Timoteo:

“Me acuerdo de tu fe sincera, pues tú tienes la misma fe de la que primero estuvieron llenas tu abuela Loida y tu madre, Eunice, y sé que esa fe sigue firme en ti.”
2 Timoteo 1:5 NTV.

Hay algo poderoso en esta imagen: una fe puede ser vista, experimentada y transmitida.

Para que nuestros hijos puedan heredar una fe inquebrantable, primero tienen que verla en nosotros. El mayor motor de aprendizaje de un niño es aquello que experimenta. Podemos enseñarles muchas cosas con nuestras palabras, pero, en última instancia, aprenderán también de aquello que hacemos.

Una de las preguntas que necesitamos hacernos es: cuál es mi primera fuente de consulta cuando aparece un problema?

Cada acción revela nuestras prioridades. Y esas prioridades son las que las próximas generaciones aprenderán a valorar.

No alcanza con enseñar una fe que conocemos intelectualmente. Para que esa fe sea genuina, tiene que formar parte de nuestra propia vida.

Una fe que se puede ver

Existe una diferencia entre hablar de lo que creemos y vivir aquello que creemos.

Podemos enseñar una excelente clase desde lo que sabemos, pero la transformación ocurre cuando damos desde aquello que somos. Cuando nuestra vida confirma nuestras palabras, lo que enseñamos deja de ser solamente conocimiento y comienza a convertirse en una experiencia que puede ser sembrada en otros.

La fe inquebrantable necesita coherencia entre lo que creemos y lo que vivimos.

La Escritura lo expresa al hablar de una fe que actúa junto con las obras. Santiago enseña que la fe y las obras trabajan conjuntamente y que la fe llega a su plenitud a través de las obras (Santiago 2:20-22).

Nuestros hábitos son una expresión concreta de aquello que valoramos. Lo que consideramos importante determina dónde invertimos nuestro tiempo y, finalmente, cuáles son las prácticas que desarrollamos día tras día.

Necesitamos preguntarnos: mis hábitos reflejan mi fe? existe coherencia entre mis pensamientos, mis palabras y mi conducta?

No se trata de una pregunta para producir culpa, sino de permitir que Dios revele aquello que necesita ser transformado. La fe verdadera comienza a hacerse visible cuando aquello que creemos empieza a determinar nuestra manera de vivir.

Una generación que vive lo que cree

Hablar de una generación inconmovible implica mirar más allá del presente. Las futuras generaciones enfrentarán sus propias dificultades y necesitarán algo más que hábitos cristianos. No será suficiente simplemente orar antes de dormir o participar de actividades de la iglesia.

Necesitamos formar personas que tengan una fe verdadera, genuina, una fe no fingida.

La oscuridad puede aumentar, pero la luz de Cristo también puede manifestarse a través de una generación que decide vivir lo que cree. Por eso, el desafío no consiste en preparar a nuestros hijos para tener una vida sin dificultades, sino en ayudarlos a desarrollar una fe capaz de permanecer firme en medio de ellas.

Y esa tarea comienza con nosotros.

Para encender la fe de una generación, Dios necesita primero encender nuestra propia fe. Necesitamos estar llenos de Su visión y comprender que esta generación puede experimentar verdaderamente a Dios y vivir una fe inamovible.

Una generación inconmovible no aparece de manera espontánea. Es formada en familias y congregaciones que también han decidido permanecer firmes.

Volver a lo que permanece

Cuando atravesamos momentos de sacudida, puede ser fácil concentrarnos exclusivamente en aquello que está cambiando. Pero quizás estos tiempos también nos invitan a volver nuestra mirada hacia aquello que no cambia.

Por eso, una de las herramientas prácticas para construir una fe inquebrantable es identificar los valores que fundamentan nuestra fe.

Podemos escribir cuáles son esos valores, definir qué significan para nosotros y buscarlos en la Palabra. Podemos enriquecerlos con pasajes bíblicos y convertirlos en el sustento al que llevamos nuestros pensamientos cuando las circunstancias intentan movernos de aquello que Dios estableció como inconmovible.

No se trata simplemente de escribir una lista. Se trata de construir un fundamento.

Cuando sabemos qué creemos y por qué lo creemos, podemos regresar a ese fundamento cuando aparecen el temor, la incertidumbre o las circunstancias difíciles.

Dios sigue siendo inconmovible.

Y nuestra invitación es aprender a permanecer en Él, hasta que nuestra fe también pueda permanecer firme cuando todo lo demás sea sacudido.

Lo que permanece

Quizás nunca podamos controlar todo aquello que sucede a nuestro alrededor. Tampoco podemos evitar que existan temporadas de sacudida.

Pero sí podemos permitir que Dios use esos tiempos para formar en nosotros una fe más genuina. Una fe que no depende de que Dios haga exactamente lo que esperamos. Una fe que no se sostiene solamente en palabras.

Una fe que puede verse en nuestras decisiones, en nuestros hábitos y en nuestra manera de enfrentar las circunstancias. Una fe que puede ser reconocida por quienes vienen detrás de nosotros.

El desafío es volver a preguntarnos qué es lo verdaderamente importante, qué estamos creyendo y si nuestra manera de vivir refleja aquello que decimos creer.

Porque cuando todo lo movible es quitado, queda aquello que realmente estaba fundamentado.

Basado en el libro: “Construyendo familias inconmovibles” - Cintia Martinez

Escucha este episodio aquí: https://open.spotify.com/episode/4XmGFl1YtxpbnOVDjnjKQM?si=1RRYpzGpTdSVpIYzj1wJgw

Permanecer en el primer amor

Permanecer en el primer amor

Hay algo que puede sucederle a cualquiera que lleva tiempo caminando con Dios: podemos seguir haciendo cosas para Él y, al mismo tiempo, dejar de disfrutar estar con Él.

Podemos continuar sirviendo, congregándonos, trabajando, predicando, orando y participando de distintas actividades, pero nuestro corazón puede comenzar a perder aquella sensibilidad que alguna vez tuvimos frente a Su presencia.

La iglesia de Éfeso es un ejemplo de esto. Jesús reconoció sus obras, su arduo trabajo, su perseverancia y su capacidad para discernir el error. No era una iglesia pasiva. Sin embargo, había algo que Jesús tenía contra ella: había dejado su primer amor.

Y esta advertencia sigue siendo profundamente relevante para nosotros.

Porque perder el primer amor no necesariamente significa dejar de hacer cosas para Dios. A veces significa algo mucho más sutil: seguir haciendo cosas para Él mientras dejamos de disfrutar estar con Él.

La buena noticia es que Jesús no solamente señala el problema. También muestra el camino de regreso: “Recuerda, arrepiéntete y vuelve a las primeras obras”.

Cuando trabajar para Dios nos hace alejarnos de Dios

En Apocalipsis 2, Jesús le dice a la iglesia de Éfeso:

“Yo conozco tus obras y tu arduo trabajo y paciencia... Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor.”
Apocalipsis 2:2-4

Hay algo llamativo en estas palabras. Jesús distingue entre las obras y el arduo trabajo. Las obras son aquello que Dios nos pidió hacer. El arduo trabajo, en cambio, puede convertirse en todo aquello que hacemos por nuestra propia cuenta y con nuestras propias fuerzas.

Y aquí aparece una pregunta que vale la pena hacernos: ¿Cuánto de lo que estoy haciendo para Dios realmente nació de Él y cuánto estoy intentando sostenerlo yo?

Podemos llenarnos de actividades que nunca nos fueron pedidas. Podemos asumir responsabilidades, perseguir resultados y ocuparnos en tantas cosas que, poco a poco, perdemos aquello que debería ser el centro: nuestra relación con Dios.

El problema no es trabajar. El problema aparece cuando el trabajo reemplaza la relación. Cuando estamos tan ocupados haciendo cosas para Él que dejamos de estar con Él.

¿Cómo sabemos que estamos perdiendo el primer amor?

La pérdida del primer amor no siempre ocurre de un día para otro. Muchas veces comienza con pequeñas señales que dejamos pasar.

Uno de los primeros síntomas es perder la sensibilidad a la presencia de Dios. Dejamos de disfrutarla y comenzamos incluso a analizarla desde afuera. Podemos estar presentes en una reunión, en un tiempo de adoración o de oración, pero nuestro corazón ya no responde de la misma manera. El deseo de permanecer en Su presencia comienza a ser reemplazado por la rutina.

Otro síntoma es la pérdida de compasión por los demás. Cuando perdemos sensibilidad hacia Dios, también comenzamos a perder sensibilidad hacia las personas. Dejamos de ver sus necesidades y empezamos a poner excusas para no involucrarnos.

La historia del buen samaritano nos ayuda a verlo. Mientras algunos estaban demasiado ocupados con sus propias actividades para detenerse frente a una persona herida, el samaritano pudo verla, acercarse y actuar con compasión.

El primer amor nos permite volver a mirar a las personas con los ojos de Dios.

También puede aparecer la ausencia de convicción de pecado. Comenzamos a preguntarnos si determinadas actitudes realmente están mal o si aquello que hacemos realmente desagrada a Dios. Cuando perdemos conexión con Él, nuestro corazón deja de percibir aquello que Su corazón percibe.

Otro síntoma es la pérdida de pasión por nuestra familia y por aquello que Dios nos ha dado. Todo comienza a convertirse en una rutina pesada. Las relaciones pierden profundidad, la comunicación disminuye y aquello que alguna vez disfrutábamos comienza a sentirse como una carga.

Esto revela algo importante: permanecer en el primer amor no solamente transforma nuestra relación con Dios. También afecta la manera en que disfrutamos y cuidamos todo lo que Él puso a nuestro alrededor.

El problema no siempre es que nos fuimos

Podemos estar en la casa del Padre y, aun así, haber dejado de disfrutar al Padre.

Podemos estar cerca, pero distraídos. Podemos estar involucrados en actividades, pero desconectados de la relación. Podemos saber que Dios está presente y, sin embargo, haber perdido el deseo de estar con Él.

Es como un hijo que está en la misma casa que su padre, pero prefiere estar entretenido con otras cosas antes que conversar con él. Y quizás esto describe mejor nuestra situación de lo que queremos reconocer. No necesariamente nos fuimos de la casa. Simplemente dejamos de disfrutar estar en los brazos del Padre.

Por eso, permanecer en el primer amor no significa convertirnos en personas “súperespirituales”. Significa recuperar algo mucho más sencillo y profundo: el deseo de estar con Él.

Despertarnos y querer hablar con Dios antes que revisar el teléfono. Ir a dormir con el deseo de escuchar Su voz. Volver a disfrutar Su presencia. Volver a mirarlo. Volver a estar enamorados de Él.

¿Cómo volvemos al primer amor?

Jesús es muy claro con la iglesia de Éfeso:

“Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras.”
Apocalipsis 2:5

Hay tres movimientos en esta instrucción: recordar, arrepentirse y volver a las primeras obras.

Recordar de dónde hemos caído.

Recordar cómo era nuestra relación con Dios.

Recordar aquello que disfrutábamos y que quizás dejamos de hacer.

El arrepentimiento no consiste solamente en sentir tristeza o llorar. Es un cambio de mentalidad que produce también un cambio de dirección.

Si reconocemos que nos hemos distraído, volvemos.

Si reconocemos que hemos perdido sensibilidad, volvemos.

Si descubrimos que estamos haciendo cosas que Dios nunca nos pidió, volvemos.

No se trata simplemente de agregar nuevas actividades a nuestra agenda. Se trata de recuperar aquello que alimentaba nuestra relación con Dios.

Quizás necesitamos volver a buscar Su presencia.

Volver a orar.

Volver a escuchar Su voz.

Volver a adorar sin preocuparnos por quién está mirando.

Volver a disfrutar de Jesús.

Hay una imagen que puede ayudarnos a entender qué significa volver a disfrutar de la presencia de Dios.

Imagina a un niño pequeño esperando que su papá vuelva a casa después de un largo día de trabajo. Pasaron muchas horas desde la última vez que lo vio y, apenas escucha que la puerta se abre, corre a recibirlo. No se detiene a pensar cómo está vestido su papá, si está cansado, si hay otras personas alrededor o si alguien lo está mirando. Tampoco necesita que alguien le explique cómo debería reaccionar.

Simplemente corre hacia él porque lo ama y porque quería volver a verlo.

Hay algo de esa sencillez que podemos perder en nuestra relación con Dios. Con el tiempo, podemos acostumbrarnos tanto a estar en Su presencia que dejamos de disfrutarla. Podemos saber cómo orar, cómo adorar, qué decir y qué hacer, pero perder el deseo genuino de simplemente estar con Él.

El primer amor tiene algo de esa espontaneidad. No se trata solamente de hacer las cosas correctamente, sino de desear estar con la persona que amamos.

Quizás volver al primer amor también significa recuperar esa sencillez: volver a correr hacia el Padre, no por obligación, no para cumplir una rutina espiritual, sino porque extrañamos estar con Él.

Volver a estar donde Dios está

Hay una frase que resume muy bien este camino de regreso: “arrepiéntete y vuelve”.

Volver no significa simplemente hacer más. A veces significa detenernos y reconocer que algunas cosas fueron ocupando el lugar que solamente le corresponde a Dios. También implica entregar nuestros miedos y ansiedades, y volver a encontrar nuestra satisfacción en Él.

Nuestra plenitud no depende de tener todo lo que queremos, sino de reconocer que Cristo es suficiente. No se trata de poseerlo todo, sino de vivir convencidos de que en Él nada nos falta.

Por eso podemos decir: “Si te tengo a Ti, lo tengo todo”.

Cuando nuestra satisfacción está en Cristo, dejamos de buscar desesperadamente aquello que creemos necesitar para sentirnos completos. Y cuando comprendemos que nuestro futuro también está seguro en Él, el miedo deja de gobernarnos.

Volver al primer amor implica entonces poner nuevamente nuestra vida en Sus manos y recuperar la confianza de que estar con Él es nuestro mayor bien.

Un amor que vuelve a encenderse

Perder el primer amor no es una sentencia definitiva. La exhortación de Jesús a la iglesia de Éfeso también es una oportunidad: “Arrepiéntete”.

Todavía podemos reconocer aquello que se enfrió, cambiar de dirección y recuperar una relación viva con Dios.

Porque permanecer en el primer amor no significa vivir constantemente con la misma emoción que tuvimos al principio. Significa cuidar una relación, mantener el corazón sensible y elegir una y otra vez permanecer cerca de Él.

Y cuando esa relación vuelve a ocupar el centro, algo comienza a transformarse también en nuestra manera de vivir. Recuperamos la compasión por las personas, volvemos a disfrutar de nuestra familia, reconocemos con mayor claridad aquello que necesita cambiar en nosotros y vuelve a crecer el hambre por Su presencia.

Por eso, quizás la pregunta que necesitamos hacernos hoy no sea: ¿Cuánto estoy haciendo para Dios?

Sino: ¿Cuánto estoy disfrutando estar con Dios?

Tal vez no necesitamos agregar una nueva actividad a nuestra agenda, al vez necesitamos detenernos, reconocer dónde se enfrió nuestro corazón y volver a poner a Dios en el centro.

Porque el primer amor no se trata solamente de cómo comenzó nuestra historia con Dios. Se trata de permanecer en Él.

Basado em el libro "Cómo permanecer en el primer amor" - Marcos Brunet

Escucha este episodio aquí: https://open.spotify.com/episode/5VMtfW0CrFX8suD9W1ccC0?si=_vzhVYtcTECi5uugS_35pQ