Gracia en acción

Gracia en acción

Cuando hablamos de dones espirituales, muchas veces pensamos en experiencias extraordinarias, ministerios visibles o personas que tienen capacidades especiales. Para algunos, los dones llegaron a convertirse en espectáculo; para otros, el temor hizo que fueran completamente apagados. Sin embargo, la perspectiva bíblica nos lleva en otra dirección: los dones no fueron dados para distinguir a unos pocos, sino para que todo el Cuerpo participe.

Pablo lo expresa con claridad cuando dice: “Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para el bien común” (1 Corintios 12:7). No dice a algunos, sino a cada uno. Y tampoco dice para beneficio personal, sino para el bien común.

Por eso, hablar de dones espirituales no es hablar simplemente de aquello que una persona puede hacer. Es hablar de cómo la gracia de Dios se manifiesta a través de Su pueblo para edificar a otros, colaborar con la misión de Cristo y llevar a la Iglesia hacia la madurez.

Una gracia que toma forma

Un don espiritual es una capacidad dada por el Espíritu para manifestar a Cristo sirviendo y edificando a otros. No es simplemente un talento natural perfeccionado, una plataforma ministerial, un estatus espiritual ni una forma de autoexpresión religiosa. Es gracia en operación.

Pedro lo explica así: “Según cada uno ha recibido un don especial, úselo sirviéndose los unos a los otros como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios” (1 Pedro 4:10).

Esta manera de entender los dones cambia nuestra perspectiva. Los dones son recibidos, no producidos; administrados, no poseídos; ejercidos, no exhibidos. Dios pone algo en nuestras manos para que podamos ponerlo al servicio de otros.

Por eso, una pregunta importante no es solamente “¿qué don tengo?”, sino también “¿para quién fue dado este don?”. Cuando entendemos que la respuesta está relacionada con el Cuerpo, dejamos de mirar nuestros dones como algo que nos distingue y comenzamos a verlos como una responsabilidad que nos conecta con los demás.

Diferentes dones, un mismo Cuerpo

La diversidad forma parte del diseño de Dios. En 1 Corintios 12:4-6 Pablo habla de diversidad de dones, ministerios y operaciones, pero señala que detrás de todos ellos está el mismo Espíritu, el mismo Señor y el mismo Dios. No se trata de competencia ni de confusión, sino de diferentes expresiones de un mismo Dios obrando en Su pueblo.

Por eso encontramos dones tan diversos como palabra de sabiduría, palabra de conocimiento, fe, sanidades, milagros, profecía, discernimiento, lenguas e interpretación. También aparecen expresiones como servicio, enseñanza, exhortación, generosidad, misericordia y liderazgo.

Y esto es importante porque nuestra manera de valorar los dones puede estar condicionada por lo visible. Podemos sentirnos más atraídos por aquello que ocurre frente a una multitud y pasar por alto aquello que sucede en silencio. Sin embargo, la Escritura no establece una jerarquía en la que lo espectacular tenga más valor. La misericordia también es una expresión de la gracia de Dios. El servicio también puede ser una manifestación espiritual.

Cada función es necesaria cuando contribuye a la edificación del Cuerpo.

Los dones ministeriales existen para equipar

También es necesario distinguir entre los diferentes tipos de dones. Efesios 4 presenta a los apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros como personas dadas por Cristo a Su Iglesia para cumplir una función de equipamiento. No son rangos que establecen una clase superior de creyentes, sino ministerios cuya responsabilidad es preparar al pueblo de Dios.

Pablo dice que fueron dados “a fin de capacitar a los santos para la obra del ministerio” (Efesios 4:12).

La idea es profunda: los ministerios no existen para reemplazar el ministerio de los santos, sino para entrenarlo.

Un liderazgo saludable no construye una comunidad que depende permanentemente de unas pocas personas. La equipa para que cada miembro pueda ocupar su lugar, desarrollar aquello que recibió y contribuir al crecimiento del Cuerpo.

Porque una Iglesia madura no es aquella donde unos pocos hacen todo. Es aquella donde cada miembro puede participar desde la gracia que recibió.

El don necesita amor

La iglesia de Corinto tenía dones, manifestaciones y actividad espiritual, pero también tenía problemas de madurez y de relación. Por eso, entre los capítulos 12 y 14 de 1 Corintios encontramos el conocido capítulo 13.

El amor no aparece allí como una interrupción del tema de los dones. Es justamente el ambiente en el que los dones deben funcionar.

Sin amor, los dones pueden convertirse en una forma de llamar la atención sobre nosotros mismos. Con amor, se convierten en herramientas para edificar a otros. La clase lo resume de una manera muy clara: el don sin amor produce ruido; el don con amor edifica un cuerpo.

Por eso, la madurez espiritual no consiste solamente en aprender a manifestar un don. También implica aprender a administrarlo correctamente, con humildad, amor y responsabilidad.

Los dones fueron dados para vivir en comunión

Los dones tampoco fueron entregados para ser ejercidos de manera aislada. El Espíritu no formó individuos independientes que funcionan cada uno por su cuenta; formó un Cuerpo.

Pablo dice: “Así nosotros, que somos muchos, somos un cuerpo en Cristo, e individualmente miembros los unos de los otros” (Romanos 12:5).

Esto significa que necesitamos aprender a vivir nuestros dones en comunión. En Hechos 2 encontramos una comunidad perseverando en la doctrina, la comunión, el partimiento del pan y las oraciones. Ese ambiente de vida compartida es también un contexto donde los dones pueden desarrollarse y madurar.

En comunidad aprendemos algo que difícilmente podemos aprender solos: nuestro don no existe solamente para nosotros. Necesitamos a otros para ser afirmados, corregidos, acompañados y formados.

Un don aislado puede terminar convirtiéndose en una plataforma personal. Un don vivido en comunión puede convertirse en una herramienta para edificar al Cuerpo.

Del don al envío

En Antioquía encontramos otro principio importante. Los discípulos estaban ministrando al Señor cuando el Espíritu habló, apartó a Bernabé y a Saulo y los envió. Los dones y la actividad espiritual no terminaron dentro de una reunión: terminaron en envío.

Esto nos ayuda a comprender que los dones no existen para hacer más interesantes nuestras reuniones ni para generar reconocimiento. Existen para que podamos participar con Dios en Su misión.

Cuando aquello que Dios depositó en nosotros comienza a bendecir a otros y a colaborar con lo que Él está haciendo, el don encuentra su propósito.

Por eso, no alcanza con descubrir que tenemos un don. Necesitamos aprender a administrarlo, desarrollarlo y ponerlo al servicio del Cuerpo.

Descubrir, entrenar y multiplicar

Quizás aquí aparece una de las preguntas más importantes: ¿qué estamos haciendo con aquello que recibimos?

La respuesta propuesta en esta enseñanza puede resumirse en tres acciones: descubrir, entrenar y multiplicar. Primero necesitamos reconocer qué gracia puso Dios en nosotros. Después debemos permitir que esa gracia sea desarrollada y formada, porque los dones también necesitan madurez. Finalmente, necesitamos ponerlos al servicio de otros, porque todo don madura cuando comienza a servir.

Esto cambia incluso la pregunta que hacemos. En lugar de preguntarnos solamente: “¿Qué don quiero tener?”, podemos comenzar a preguntarnos: “¿Cómo quiere Cristo edificar a Su Iglesia a través de mí?”

La primera pregunta puede llevarnos a buscar una experiencia para nosotros mismos. La segunda nos lleva directamente hacia el Cuerpo.

Una Iglesia donde todos participan

Una Iglesia madura no es una Iglesia llena de espectadores espirituales. Es una Iglesia donde cada miembro participa de aquello que Dios está haciendo.

Algunos enseñarán. Otros servirán. Algunos exhortarán. Otros tendrán una capacidad especial para mostrar misericordia. Algunos profetizarán. Otros administrarán. Algunos manifestarán dones extraordinarios y otros expresarán la gracia de Dios de maneras que quizás nunca ocupen una plataforma. Pero todos pueden aportar.

El Espíritu no reparte dones para crear figuras, sino miembros sanos.

Y cuando cada miembro comienza a ejercer aquello que recibió, el Cuerpo funciona de una manera diferente. No porque todos hagan lo mismo, sino porque cada uno aporta desde el lugar que Dios le dio.

Los dones, entonces, no son el fin. El fin es Cristo plenamente formado en una Iglesia madura. La meta es que el Cuerpo avance hacia “la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a la condición de un hombre maduro, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:13).

Y esa madurez requiere que cada miembro participe.

Porque cuando la gracia que recibimos deja de ser algo que simplemente conocemos y comienza a convertirse en servicio, comunión, edificación y misión, entonces los dones cumplen aquello para lo que fueron dados.

No se trata solamente de descubrir qué don tenemos. Se trata de permitir que Cristo se manifieste a través de nosotros para edificar Su Cuerpo y preparar a Su Esposa.

Basado en la clase: "Dones Espirituales" - Dinámica Profética

El sacerdocio que todos recibimos

El sacerdocio que todos recibimos

Cuando escuchamos la palabra sacerdocio, probablemente pensemos en alguien que ocupa una posición especial dentro de la Iglesia. Un pastor, un líder, alguien que predica, que ministra o que tiene una responsabilidad espiritual reconocida.

Durante mucho tiempo, esa fue también nuestra manera de entenderlo: como una función reservada para unos pocos.

Pero cuando volvemos a mirar la historia bíblica, encontramos una perspectiva diferente. El sacerdocio no aparece como un privilegio de unos pocos, sino como parte del diseño de Dios para su pueblo. De hecho, la historia comienza con el ser humano ejerciendo una función sacerdotal y termina con un pueblo transformado en un reino de sacerdotes.

Entonces, no se trata solamente de preguntarnos: “¿Cuál es mi ministerio?” Antes de eso necesitamos preguntarnos: “¿Estoy viviendo como sacerdote?”

El sacerdocio no comenzó en un templo

Cuando pensamos en sacerdotes, nuestra mente suele ir directamente al sacerdocio levítico del Antiguo Testamento. Aarón y sus hijos fueron apartados para esta función, y la tribu de Leví quedó encargada del servicio del tabernáculo.

Sin embargo, la función sacerdotal aparece mucho antes. En el relato de Génesis, Dios coloca a Adán en el jardín del Edén y le encomienda labrarlo y guardarlo. Las palabras hebreas utilizadas allí son abad y shamar, términos que posteriormente aparecen asociados a las responsabilidades sacerdotales de Israel.

Esto nos permite entender algo fundamental: el sacerdocio no nació como un cargo dentro de una institución religiosa. Nació como una forma de vivir delante de Dios. (cita)

Adán y Eva fueron puestos en la creación como colaboradores, administradores, labradores y guardianes. Su tarea implicaba representar a Dios ante la creación y, al mismo tiempo, representar la creación delante de Dios.

Por eso, cuando hablamos de sacerdocio, estamos hablando mucho más que de una actividad que ocurre dentro de una reunión.

Estamos hablando de quiénes somos y cómo vivimos delante de Dios en el lugar donde Él nos puso.

¿Qué hace un sacerdote?

A lo largo de la historia bíblica, la función sacerdotal puede resumirse en una idea: acortar distancias entre el cielo y la tierra.

El sacerdote representa a Dios delante de las personas y representa a las personas delante de Dios. Es alguien que se hace responsable de cultivar su relación con Dios, permanecer atento y convertirse en un instrumento de reconciliación.

Aqui aparecen dos dimensiones fundamentales del sacerdocio: adoración e intercesión.

La adoración, expresada en el término abad, tiene que ver con cultivar, trabajar y servir a Dios. No se limita a cantar una canción o participar de un momento musical. La adoración también se expresa en una vida de obediencia.

Abraham dijo que él y su hijo irían a adorar, y aquella adoración estaba relacionada con una decisión concreta de obedecer a Dios.

La intercesión, asociada a shamar, implica guardar, velar y ponerse entre Dios y una necesidad. La imagen utilizada es la de un centinela que permanece despierto, atento a lo que sucede y dispuesto a actuar.

Un sacerdote, entonces, no solamente habla acerca de Dios. Un sacerdote vive de tal manera que puede representar a Dios, permanecer cerca de Él, velar por otros y convertirse en un puente de reconciliación.

Cristo no vino a reservar el sacerdocio, sino a restaurarlo

El pecado deformó la imagen de Dios en la humanidad y aquello que originalmente estaba unido terminó expresándose de manera fragmentada. En la historia de Israel encontramos sacerdotes, profetas y reyes cumpliendo distintas dimensiones de lo que Dios había diseñado para el ser humano.

Jesús vino a restaurar nuestra identidad como sacerdotes.

Él es el sacerdote perfecto, pero también es la Palabra de Dios encarnada y el Rey de Reyes. En Cristo encontramos reunidas de manera perfecta esas dimensiones que habían quedado separadas.

Y hay algo todavía más importante: Jesús no se quedó con ese sacerdocio como una función exclusiva de Él. Nos incluyó en él.

Apocalipsis lo expresa de esta manera:

“Y los has hecho un reino y sacerdotes para nuestro Dios; y reinarán sobre la tierra”.
Apocalipsis 5:10

La obra de Cristo restaura nuestro acceso al Padre y nos incorpora a un pueblo sacerdotal. Todos aquellos que están unidos a Cristo participan de su oficio sacerdotal.

Por eso Pedro puede decirle a la Iglesia:

“Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios...”
1 Pedro 2:9

No dice esto solamente a quienes predican. No lo dice solamente a los pastores. No lo dice solamente a quienes tienen un ministerio visible. Lo dice al pueblo de Dios.

El problema de esperar una plataforma

Quizás una de las mayores dificultades que tenemos hoy es que hemos aprendido a asociar el sacerdocio con una plataforma. Pensamos que ejercer nuestra función espiritual significa tener un micrófono, ocupar una posición, liderar un grupo o desarrollar un ministerio dentro de la congregación.

Y cuando no tenemos ninguna de esas cosas, podemos llegar a pensar que todavía no estamos haciendo algo significativo para Dios. Pero el sacerdocio bíblico nos lleva en otra dirección.

El llamado no es esperar una plataforma para comenzar a ministrar. Es asumir nuestra identidad sacerdotal allí donde Dios ya nos colocó.

En nuestra casa, nuestro trabajo, en la universidad, en nuestro oficio, en nuestra familia, en nuestras relaciones, en cada ambiente donde nuestra vida tiene influencia.

La función sacerdotal no depende de lo que hacemos para Dios, sino de quiénes somos detrás de lo que hacemos.

Una madre puede ejercer su sacerdocio mientras acompaña y forma a sus hijos. Un estudiante puede ejercerlo en su universidad. Un trabajador puede ejercerlo en su lugar de trabajo. Un empresario puede hacerlo en la manera en que administra aquello que recibió.

No necesitamos esperar que alguien nos dé un título para comenzar a vivir como sacerdotes.

Sacerdocio no significa ausencia de liderazgo

Entender el sacerdocio de todos los santos tampoco significa eliminar los roles y autoridades espirituales dentro de la Iglesia.

La misma Escritura reconoce distintos dones y ministerios que Cristo entrega a su Cuerpo para edificarlo y llevarlo hacia la madurez. Pastores, maestros, evangelistas, profetas y apóstoles tienen una función necesaria dentro de la Iglesia.

La diferencia está en comprender que esos ministerios no crean una clase superior de cristianos. Los diferentes miembros cumplen diferentes funciones, pero todos forman parte del mismo cuerpo.

Pablo lo explica diciendo que Dios colocó a cada miembro en el cuerpo según quiso. Hay muchos miembros, pero un solo cuerpo.

El pastor no puede vivir el sacerdocio por toda la congregación. El profeta no puede interceder por toda la Iglesia. El maestro no puede escuchar a Dios por todos.

Los líderes no fueron llamados a reemplazar al pueblo de Dios, sino a edificarlo para que cada miembro pueda ocupar su lugar.

Una Iglesia donde todos ejercen su sacerdocio

Esto cambia profundamente la manera en que entendemos la vida de la Iglesia.

Si solamente unos pocos ejercen el sacerdocio, tendremos una comunidad donde muchos reciben y unos pocos ministran. Pero si comprendemos que todos somos sacerdotes, la Iglesia deja de ser un lugar donde algunos hacen y otros observan.

Cada creyente se convierte en un participante activo del plan de Dios.

Todos podemos cultivar nuestra relación con Él, Todos podemos adorar con nuestra vida, todos podemos interceder, todos podemos representar a Cristo, todos podemos anunciar sus maravillas, todos podemos ser instrumentos de reconciliación, todos podemos cuidar y guardar aquello que Dios puso bajo nuestra responsabilidad.

El sacerdocio de todos los santos no significa que todos hagamos lo mismo. Significa que todos asumimos nuestra responsabilidad delante de Dios.

¿Dónde estás ejerciendo tu sacerdocio?

Tal vez hemos pasado demasiado tiempo preguntándonos cuál es nuestro llamado, mientras Dios quiere que primero recuperemos nuestra identidad.

Antes de preguntarnos qué plataforma tendremos, podemos preguntarnos qué estamos cultivando. Antes de buscar un ministerio, podemos preguntarnos por quién estamos intercediendo. Antes de esperar que alguien nos reconozca, podemos mirar el lugar donde Dios ya nos puso y preguntarnos: ¿cómo puedo representar a Cristo aquí?

Porque el sacerdocio no comienza cuando alguien nos entrega una responsabilidad dentro de la Iglesia. Comienza cuando entendemos quiénes somos en Cristo.

Jesús abrió el camino al Padre y, por medio de su obra, nos hizo parte de un pueblo sacerdotal. Ya no necesitamos vivir como espectadores de lo que Dios hace a través de otros.

Tenemos acceso. Tenemos responsabilidad. Tenemos un lugar. Y ese lugar no está limitado a una plataforma. Está allí donde Dios nos puso.

El desafío de la Iglesia de hoy no es solamente levantar más líderes, sino despertar a todo el pueblo de Dios para que cada creyente ejerza el sacerdocio que recibió en Cristo.

Porque cuando cada miembro asume su lugar, la Iglesia deja de ser una comunidad donde unos pocos ministran y se convierte en un cuerpo donde todos son colaboradores del plan de Dios.

Basado en la clase: “Qué es el sacerdocio” - Materia Dinámica Profética